Relatos

Al despertar

Tomás Lardi despertó y no supo dónde se encontraba. Recorrió la habitación con la incertidumbre de un condenado a muerte, se miró los brazos llenos de tubos y revisó los cables que llevaba conectados al pecho. No había nada familiar en todo aquello.

Se sentó en el filo de la cama, desanimado, con los brazos sueltos a ambos lados del cuerpo y un gesto en el rostro fácil de discernir. Nada parecía tener sentido dentro de su cabeza, ni el lugar, los extraños aparatos de su cuerpo o, incluso, la claridad que entraba a través del enorme ventanal que ocupaba toda la pared del fondo de la habitación. Lo único que podía recordar, como si de un pasado muy antiguo se tratase, es la continua lluvia que golpeaba el tejado sin parar y la oscuridad más absoluta donde lo metieron en algún momento.

Tras hacer acopio de fuerzas y una vez perdió el miedo que deja la inseguridad por un mal comienzo, Tomás se arrancó todo lo que le impedía moverse con libertad, se levantó y fue a mirarse al espejo que había en el cuarto de baño. Nada mejoró. No era capaz de reconocer a la persona que tenía enfrente. Las cicatrices que transformaban su cara y cuello, desde la cabeza hasta perderse en el pijama varias tallas grande y de color azul claro que llevaba puesto. Negó con la cabeza y se pasó la mano sobre la barba de varios días y que le endurecía el rostro.

—¿Quién eres? —se preguntó en voz alta. 

Sin embargo no hubo ninguna respuesta como en los cuentos de hadas o las películas de posesiones malvadas. Nada. 

Se pasó uno de los dedos sobre la cicatriz más grande que tenía, que iba desde donde debería haber estado el lóbulo de la oreja hasta la comisura de los labios. Daba la sensación de que le hubiesen cortado y abierto la cara en canal, dejando al descubierto el interior, donde la lengua y parte de los dientes quedarían al descubierto. 

Pensó en los dientes.

Abrió la boca y se pasó un dedo sobre algunas piezas. Tenía varios huecos donde deberían estar muelas, pero no parecían pérdidas recientes. Los dientes delanteros, los incisivos, los colmillos y premolares, parecían estar en buen estado. Ni siquiera estaban sucios o con sarro.

Tenía la sensación de haber estado mucho tiempo donde sea que estuviese. Quizá en coma o algún tipo de sueño profundo sobre la cama de lo que, quedaba claro, parecía una habitación de hospital o algún tipo de centro médico. Esa era la sensación que tenía, sin embargo, alguien se debió ocupar de él durante todo ese tiempo, por la barba y el pelo rapado en algunas partes de la cabeza.

A su mente llegaban imágenes rápidas y sin sentido, como las que dicen que se tiene antes de perder la vida de forma apresurada, aunque ninguna de esas imágenes le aportaba nada, o nada que pudiese aclararle la situación vivida en ese instante.

Se llevó las manos a la cabeza y negó, desesperado. En ese momento se palpó lo que parecían varios agujeros en la parte trasera y que penetraban en la cavidad craneal. No eran demasiado grandes, aunque sí lo suficiente para que entrara la punta del dedo. Esa fue su la primera decisión que tomó al notarlos, meter el dedo dentro, pero en cuanto sintió la viscosidad reculó y apartó las manos de la cabeza. 

Tuvo ganas de llorar. De gritar. La rabia se apoderó de él. Caminó hacia la puerta de la habitación con decisión y bajó la manilla con la intención de abrirla, pero esta no cedió. Estaba cerrada. La bajó varias veces más, con insistencia, con fuerza e ira, pero no ocurrió nada.

La puerta era de madera blanca, con un cristal en medio. Apoyó la frente en él y miró todo lo que quedaba a la vista. Nada. Nadie. No había sombras ni se escuchaba nada al otro lado. No había gritos de otros pacientes moribundos desde otras habitaciones. Tampoco se oía al personal de enfermería de un lado para otro o llevando medicamentos a los distintos pacientes. 

Por vez primera, Tomás Lardi tuvo la sensación de que estaba solo. Solo en una habitación que no reconocía, con un cuerpo que no le era familiar y sin ningún recuerdo actual en su memoria. Golpeó con fuerza la madera de la puerta y gritó todo lo que sus cuerdas vocales aguantaron. Lo hizo hasta acabar exhausto. Las manos se le pusieron rojas por los golpes y su garganta acabó dolorida y rota. De repente, como si su cuerpo le avisase de algo, un sudor frío se apoderó de él. La cabeza comenzó a dolerle mucho. Tenía fuertes punzadas y todo el entorno se fundía a negro; un negro desesperante, casi terminal. Sentía como si alguien, desde dentro de su craneo, activara una máquina para acabar con él.

En ese momento se le vino a la boca una arcada. Tras varias contracciones del diafragma, el vómito apareció en la boca y salió como si huyese de algo. Luego una nueva bocanada. Otra más. Jugos de un color indeterminado y un olor nauseabundo acabaron en el suelo. Se sentía algo mareado, con el cuerpo frío, húmedo. Los ojos parecían haberse hundido en el fondo de la cavidad, evasivos, y le temblaban las manos. Los músculos de las pantorrillas daban la sensación de estar en una carrera de larga distancia. Se contraían con fuerza, una y otra vez, y le provocaban un dolor insoportable. 

En ese momento, como si alguien hubiese encendido la luz o activase el botón de reinicio en el ordenador central, todos los recuerdos aparecieron de repente en su cabeza como por arte de magia.

Una risa entusiasta se apoderó de él. Se secó las lágrimas que acababan de aparecen en sus ojos y se sorbió los mocos. 

Todo tenía sentido.

Se acercó de nuevo a la puerta de la habitación, como si supiese que ahora sí era el momento, y la abrió sin problema. Entonces, tras ella, con una bata blanca algo estrecha y el pelo recogido, apareció la respuesta a cada una de sus preguntas.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

24 – Inventa una historia que acabe con un cliffhanger.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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