Relatos

Alinea2

La línea dos recorre la ciudad de sur a norte y de este a oeste. Lo hace en un trayecto circular que va desde el mismo centro, cerca del casco antiguo, hasta la universidad pública. Luego, desde allí, baja junto a la costa y bordea el puerto para acabar el trayecto en el mismo sitio donde había comenzado. Y vuelta a empezar. Así lo hace durante todo el día.

Ciertamente es un trayecto largo, frecuentado por estudiantes y trabajadores del muelle, y por eso mismo no hace gran cantidad de paradas, para que la gente llegue a tiempo a sus puestos de trabajo o sus clases. Una vuelta completa tarda menos de una hora, y ya os digo que es una vuelta bastante larga. Las paradas de más duración —y donde se sube y se baja más gente— es en la universidad, con miles de estudiantes que van a clase en el transporte público.

Y después en el muelle.

Hay otra ruta que va directa a la zona marítima, donde yo trabajo; pero, aun así, la línea dos es la más frecuentada para ir a la zona marítima desde la ciudad.

La línea dos es mi línea.

Cada mañana me subo a este metro en el centro. Lo hago a primera hora, antes de que se llene de estudiantes. Elijo un sitio en los vagones centrales y espero.

La primera vuelta la hago a solas, con la música que susurran los altavoces del vagón y que contrasta con la intensa luz blanca del compartimento. Tan solo me encuentro a los más trasnochadores y a los más madrugadores. Más de lo primero que de lo segundo.

No es hasta pasados unos minutos de las siete de la mañana que llega ella.

La mujer de la que os voy a hablar a continuación es la causa de todo esto. De las vueltas en la línea dos del metro. Dudo si ella sabe mi nombre, pero sin duda yo me he preocupado en conocer el suyo.

Creo que su edad debe estar entre los dieciocho y los veintipocos años.  Quizá penséis que es demasiado joven para mí, pero ¿no dicen que el amor no tiene edad? Para mí no la tiene. Puede que para ella si tenga algún significado, pero es algo que no sé. Y tampoco sé si lo descubriré algún día, si seré capaz de acercarme a ella y decirle que me encanta su forma de vestir, tan desenfadada y coqueta a la vez. Tan llena de colorido. Que no podría decir si la miel es del color de sus ojos o son sus ojos los que tienen ese color.

Ahí llega.

Nada más entrar en el metro hace lo de siempre: se para en el centro, levanta la cabeza y comprueba si hay algún asiento libre en el vagón. A esas horas ya va infestado de personas. Luego, en cuanto encuentra su sitio, se sienta, saluda amablemente a la persona que tiene al lado y se coloca los auriculares. Busca su música favorita en el teléfono y se evade de todo lo demás.

De vez en cuando mira a alguna persona, la puerta al abrirse o la pantalla donde anuncian crema para niños y las novedades literarias. Alguna vez sus ojos se han cruzado con los míos, o eso creo. Puede que me haya sonreído, aunque eso es menos probable.

Por cierto, su nombre es María.

 

La línea dos recorre la ciudad de sur a norte y de este a oeste. Lo hace en un trayecto circular que va desde el mismo centro, cerca del casco antiguo, hasta la universidad pública, el lugar donde estudio turismo. Luego, desde allí, baja junto a la costa y bordea el puerto para acabar el trayecto en el mismo sitio donde había comenzado. Y vuelta a empezar.

Yo la tomo a dos paradas del centro y en dirección hacia el puerto marítimo. Desde la residencia podría tomar la línea tres hasta el cruce de Martín Prieto y coger allí la línea dos que va directa hasta la facultad. Pero de ese modo apenas lo vería unos minutos.

Mis clases empiezan a las nueve de la mañana, por lo tanto tengo el tiempo suficiente para cruzar toda la ciudad. La línea dos hace el recorrido completo en menos de una hora. Para averiguarlo le pedí a mi amiga Susana que me acompañara un día. Lo hicimos un sábado, y se pasó todo el trayecto preguntándome para qué íbamos a dar una vuelta completa sin hacer ninguna parada ni en el centro ni en el puerto. Eso fue recién comenzado el curso y cuando ya era incapaz de dejar de pensar en él.

Hoy voy a volver a verlo.

Casi no hay ruido en la estación. Por regla general, la gente está siempre callada a esta hora. Creo que todos seguimos medio dormidos, con los sueños dando brincos en la cabeza.

No quiero contratiempos. Sé el vagón donde estará y, por ello, me coloco en el lugar exacto donde se detendrá ese vagón.

En cuanto las puertas se abren entro y lo busco con la mirada. Lo hago de manera disimulada, me da miedo que se dé cuenta de algo y se pueda sentir incómodo. Quizá piense que soy una niñata, siempre con estas pintas y la ropa de colores raros. Pero es que así me siento cómoda. Si le gusto tendrá que ser así, a mi modo. No voy a cambiar por nadie.

¿Le gustaré?

Claro que no. Casi te dobla la edad. ¿Dónde crees que vas?

Ahí está. En el sitio de siempre y a la hora de siempre. Creo que me ha mirado. Incluso me parece haberle visto sonreír.

¡Anda ya!

Elijo un sitio donde puedo verlo con facilidad. Alguna vez hemos cruzado miradas y se me ha escapado una sonrisa tonta. Pensará que soy una cría.

¡Es tan guapo!

Siempre va muy bien peinado y lleva unas camisas muy bonitas. Parecen caras, quizá de alguna marca buena. No entiendo de eso. Yo lo cambiaría por completo y le pondría camisetas de color rojo y pantalones vaqueros en un tono verde. Creo que le quedarían de maravilla. Así se ve muy soso. Sus ojos también son verdes. Un día tuve que acercarme mucho a él para comprobarlo. No podía más, me moría por saber de qué color eran; desde la distancia y con la luz del metro era imposible saberlo.

Pongo música en el teléfono, melodías de amor que hablan sobre amores imposibles y causas perdidas.

Me pregunto si sabrá mi nombre.

Por cierto, el suyo es Marcos.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

6 – Haz una historia que suceda íntegra bajo el subsuelo.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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