Relatos

Anya

Se despertó arropada por un manojo de gritos, propios de cualquier contienda. Tenía el cuerpo envuelto en la humedad del exterior y con el frío que deja un tiempo convulso. Su rostro, angelical, en otro tiempo iluminado de tantas y tantas lámparas colgantes en bailes interminables, quedaba ahora marcado por un sinfín de golpes y el gris del cielo de una Rusia ya sin dueño. La arropé con las sábanas de los desposeídos y traté de sumergirla de nuevo en el silencio, pero algo atormentaba su existencia.

—¡Shhh! Vas a despertar a todo el mundo. 

Abrió los ojos y me miró como miraría a una hermana mayor, o eso me dio a entender. Luego regresó a sus pesadillas.

Ya no podía abandonarla a su suerte.

Mientras le lavaba la cara y revisaba la herida de la cabeza, vino hasta mi mente la imagen que vi una vez de toda la Familia Real. Negué con la cabeza y seguí con lo mío, sabedora de que el futuro de la dinastía Romanov dependía ahora de mí.

Desde el primer momento supe quién era. Los ojos de la muchacha eran el pasadizo hacia lugares conocidos. Y en ella eran conocidos por todos, incluso por quien quería verla enterrada junto al resto de su familia. Su pelo, su cuerpo… todo en ella era ella.

El menudo cuerpo de la chiquilla de apenas ocho o nueve años saltaba como serpiente atrapada. Se sumía en sueños que no la dejaban de lado, en realidades que la seguirán hasta los confines del mundo. Esa niña no está a salvo aquí ni lo estará jamás en ningún sitio.

Si pretendía salvarla de ese viejo loco y de un país envenenado, debía hacerla pasar por alguien sin recursos, sin vida, sin momentos pasados que ahogan el futuro. Le escondí la medalla que colgaba de su cuello dentro de la camiseta de seda que cubría su pecho y levanté su cuerpo de la cama sin la piedad que tuve antes.

—Tengo que esconderte algunos días.

Apenas podía oírme, o, si lo hacía, no parecía prestarme la atención que yo precisaba.

—¡Alto! —escuché una voz a mi espalda.

Me quedé paralizada en mitad de la habitación como una borrasca que no llega a nada. 

—¿Qué hace con esa niña? No puede sacarla a ningún sitio sin haber comprobado antes su identidad, al igual que hacemos con todo el que llega hasta aquí.

Me di la vuelta. Me costaba cargar con el cuerpo de la niña, pero ahora no podía abandonarla. Ya no.

—Creo que… el ruido de este lado no le permite descansar —balbuceé—. La trajeron de la estación. Se había dado un fuerte golpe en la cabeza y estaba inconsciente. Ya era interna.

El vigilante se acercó hasta las dos mujeres y levantó por la barbilla el rostro moribundo de la niña. Lo giró a un lado y al otro, revisó las heridas y de nuevo lo dejó caer en el ostracismo propio.

—Está bien, pero luego regresa con los demás. No es la única que necesita de ti. De todos modos, esa no creo que dure mucho.

Asentí con la cabeza y esperé a que el vigilante me diese la espalda y comenzase a andar para moverme.

Corrí hasta las habitaciones privadas y me encerré en la propia. Metí a la chiquilla en la cama y resoplé toda la angustia contenida. Llené un barreño con el agua de las limpiezas y la curé lo mejor que pude. 

Pasada la noche, mientras el exterior estaba lleno del humo de varias noches iluminadas por las llamas, la niña despertó en calma. 

—¿Dónde estoy? —preguntó con refinada educación.

—En el orfanato del pueblo ruso. Te trajeron aquí desde la estación, te habías dado un fuerte golpe en la cabeza y habías perdido el conocimiento. ¿Sabes quien eres?

La niña negó con cautela. Sus labios se habían cerrado como se cierra el pasado y se le teme al futuro. Tragó saliva. Los ojos se le llenaron de lágrimas que corrían sin un destino claro. 

—No llores, niña. 

—No… no recuerdo mi nombre. Ni el nombre de mi familia o el mis amigos. No recuerdo de dónde vengo o adónde iba.

Se llevó las manos a la cabeza y apretó los ojos hasta conseguir sumirse en un profundo encierro. Parecía que quisiese buscar todos esos recuerdos dentro, refugiados de la tristeza en cualquier esquina de su cabeza.

Negó de nuevo y lloró desconsolada.

Saqué de su pecho el colgante que llevaba al cuello y se lo mostré.

—¿Recuerdas esto, niña?

La pequeña miró la pieza con entusiasmo, pero no pudo recordar nada al respecto.

Volvió a negar.

—Anya —dije de pronto— Te llamas Anya. Tus padres te dejaron aquí antes de morir. Te diste un golpe y por eso no te acuerdas de nada. No te preocupes, nosotros cuidaremos de ti. 

—Pero…

Volvió a coger entre sus manos el colgante y leyó la inscripción: «juntas en París». 

—¿Juntas en París? —preguntó con una negativa más.

No pude mas que acompañarla en eso, pues de eso yo tampoco sabía nada. Sí de todo lo demás, pero debía olvidarlo para protegerla. Debía olvidarlo y dejar que el olvido de ella creciese como un árbol nuevo.

El frío parecía no marcharse nunca, pero lo hizo. Y regresó, y se volvió a marchar. El tiempo pasó para todos, incluso para Anya. Se había convertido en una muchacha preciosa de ideas claras, dispuesta a averiguar un pasado ahora perdido en el tiempo. Rusia amanecía entonces bajo el sistema comunista de la URSS, donde las despedidas eran habituales. El día que Anya nos dijo que se marchaba en busca del pasado, el pasado se convirtió en presente para mí.

La abracé y le deseé suerte, había llegado su momento. No hubieron más palabras. Era su destino, al igual que lo había sido salir airosa del infierno. 

Cuando ya apenas divisaba su silueta cerca del final de la alargada calle, un murciélago sobrevoló el lugar y fue tras ella. 

Creo que me miró cuando pasó sobre mi cabeza.

Por cierto, mi nombre es Anna Anderson, pero eso quizá ya lo sabíais. El suyo…, el suyo aún está por descubrir.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

20 – Escribe un fanfic de tu película de animación favorita.

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