Relatos

CIENFUEGOS

Los recuerdos caían desde la parte más alta del lugar. Esto sucedía todos los lunes, jueves y domingos de guardar; aunque el tiempo hacía un buen rato que dejó de contarse en días en este lugar. Cada uno de esos momentos, transformados en diminutas y cristalinas gotas de agua, se colaban en las cabezas que, unas veces por acá y otras por allá, pasaban por allí sin pasar y sin tiempo para pensar.
Todos los que caminaban con la prisa a cuesta apenas se percataban de aquello; peinaban sus cabellos con una mano mientras con la otra retiraban las gotas de agua de sus ropajes hasta haberlas olvidado. Sin embargo, algunos otros, los que ni corrían ni se dejaban perseguir por sus pies, permitían que los momentos permanecieran un rato junto a ellos, acompañándolos en su paseo hacia donde querían o creían que debían llegar.
Desde uno de los escalones plateados que llevaban a ninguna parte, alguien joven miraba llover. Lo hacía envuelto en una sábana blanca; no llevaba zapatos, no traía la sonrisa puesta ni abandonaba la esperanza de llenar los bolsillos que tampoco nunca trajo consigo. A cada momento se dejaba caer un instante en uno de esos escalones, esperando sin saber muy bien el qué.
Todas y cada una de las personas que por allí pasaban a diario se paraban un momento frente a él, miraban hacia nada —ya que nada ni nadie había que mirar— y arrojaban algunos de aquellos recuerdos hacia ningún sitio o cualquier otro lugar. El chico joven se quedaba mirando el modo en el que aquellos momentos regresaban de vuelta a sus dueños, para llenar de nuevo esas cabezas vacías. Ese joven, Rodrigo Husar —tal como lo nombraron algún día después o antes de nacer—, de agradecido reverenciaba las muestras de quita y pon.
Desde lo alto del campanario más alto, antes de atravesar por completo los muros de blanco y oro que aún hoy resguardan de nada la nada, un hombre tan alto como un altar jugaba a observar sin terciar palabra alguna. Contemplaba las gentes, los pasos y el tiempo que se iba. Jugaba a ver quién es quién en un mundo del todo singular y de nada convencional. Al igual que todos los demás —a excepción de quien no supo entonces cómo nombrar o de qué modo llamar—, ese hombre llevaba el cuerpo envuelto en un sencillo telar. Sin embargo, al contrario que a todos los demás, la lluvia le mojaba antes los pies que la sesera.
Antes de decidirse a caminar, el hombre despegó los pelos de su cara mojada y los enganchó a la espalda en una cinta de adornar regalos. En un santiamén —o en menos que canta un gallo grande de corral— el hombre, tan dispuesto como el que más, aterrizó de lleno sobre el empedrado gris dispuesto en ese lugar por casualidad, y los mismos años hace que metros tiene por encima del nivel del mar.
—¿No te has dado cuenta todavía, niño? —preguntó el hombre, sorprendido.
El joven o niño —que bien depende del que está mirando— giró la cabeza de un lado al frente, donde un hombre vestido se empeñaba en no seguir su camino como hacían todos los demás.
—¿Es usted de San Roque? —preguntó el niño—. Nunca antes lo había visto.
—No es de ser educado preguntarle a una pregunta.
—Nunca tuve oportunidad de aprender —dijo el niño envalentonado como un hombre. Hizo volar la sábana y se alzó del suelo para reducir distancias—. Mi padre, que de bueno sabía un rato, nunca tuvo el tiempo de enseñarme a saber. Mi madre, a la que no veo desde ayer o algunos días más, jamás estuvo despierta a la hora de comer.
Sorprendido el hombre, Rehusó saber todas las preguntas a las convencidas afirmaciones del muchacho. O puede que quizá en ese momento no tuviese nada apropiado que decir. Después de todo aquello, y con el gesto certero, el hombre vestido invitó al muchacho a acompañarse en el camino.
—¿Dónde vamos? —preguntó el niño mientras empujaba a desgana el caminar. Se había agarrado el trozo de tela con ambas manos evitando así pisarse o dejarse pisar.
—Pues deberíamos ir hacia algún recuerdo en tu casa, si te viene bien decirme dónde está.
—Mi casa está en Cienfuegos —dijo el niño señalando hacia algún lugar—. Justo allí arriba.
—No hay nada más arriba que esto —respondió entonces el hombre. Cada uno de sus gestos era de convencida negación.
Con la cabeza alta y los pies en el suelo, el niño observaba el lugar desde donde Cienfuegos contemplaba todo lo que había por debajo. O por arriba, que ya no sabía uno dónde estaba.
—Pues yo vivo allí arriba, justo detrás de las torres moradas que un día protegieron el pueblo de todo lo malo que estaba por venir; cruzando la alambrada que guarda la cosecha del padre Braulio y frente al camino salado. Allí manda Maroto. Mi padre le debe todo y por eso tenemos pan en la mesa. ¿Quién manda aquí?
—¿Y qué te hace pensar que alguien manda aquí?
—Pues aquí será como allí —dijo el niño señalando de nuevo hacia Cienfuegos—. Hay puertas para traspasar los muros. Hay quienes están pidiendo entrar y no salir disculpado.
Y el hombre pensó en cada una de las frases.
—De todos modos —añadió el niño—, no es de ser educado preguntarle a una pregunta.
Y lo sarcástico saltó sobre lo cortés.
El hombre alto, advertido de nuevo, comprendió que seguir caminando sería lo único que podría desmontar las evidencias. De ser eso posible.
—Como te iba diciendo —arrancó a decir el hombre mientras ponía en marcha sus piernas para así ganarle tiempo al tiempo—, aquí se está todo lo arriba que se debe estar. Bajemos hasta allí. Antes de seguir en el camino debo saber al dedillo todo sobre ti. Averiguar por qué sigues todavía en este lugar, sin nada que hacer y sin poder ir a ningún otro sitio.
—Eres entonces el que manda —afirmó el muchacho. Dio unos pasos al frente antes de continuar preguntando—. Según tú, ¿no debería estar aquí?
El hombre iba deshaciendo en su cabeza cada una de frases que hubo soltado el muchacho palabras antes a toda velocidad. Aquél niño pensaba con la presteza que se escupe una lección aprendida de memoria.
—¿El que manda? No, ese no soy yo. Y quizá debas estar aquí. O puede que no. Nunca lo sabe el que hasta aquí llega, pero bien lo sabe todo el que tras el juicio se va.
Todas esas palabras, tan juntas y revueltas para la estatura de un niño, tan cargadas de duda, fueron una pesada losa para quien de a poco le gusta pensar de más.
Y así se hizo un turno de silencio entre ambos.
Continuaron recorriendo el camino que les quedaba pisoteando los charcos que dejaron los miles de recuerdos desechados por aquellos que temieron adentrarse en cualquier momento anterior. Subieron las escaleras hacia nada, llegaron hasta donde alcanzaron y se sentaron a reposarse y repasarse.
El muchacho pensó en el juicio en el que ahora se veía envuelto. Pensó en eso, en aquello y en todo lo demás. Y después de eso tan solo le quedó comenzar a contar.


La tierra de Cienfuegos está arada por todos lados. Separan las distintas cosechas con hierros clavados al suelo y pulidos con tesón. Dejan el espacio justo en cada huerto para vivir de a poco. Hace tiempo que no se ven árboles en los alrededores del pueblo; si acaso en la casa grande. Hace tiempo que las flores no aparecen ni en primavera. No hay quien lo permita. Solo hay la cosecha que se estima oportuna en cada campo.
Y corriendo llego hasta mi casa.
La piedra de las paredes parece girar sobre sí misma. Está envuelta en un gris otoñal, atrapada en nubarrones que hace treinta y tantos días que no se dejan ver. La puerta está cerrada a cal y canto, al igual que siempre, atrapando todo el calor que es capaz de dar un invierno o abrazando el frío que la roca escupe, muy de vez en cuando, durante los cien días que dura un verano en el pueblo. Es redonda por completo. Padre dijo una vez que la hizo de ese modo para que no nos perdiésemos por las esquinas a la hora de comer. Cuando había comida, que esa es otra.
Ahora padre ya no dice nada. Quizá reproches a madre mientras duerme.
Madre asegura que a los borrachos y a los niños muertos no se les entiende ni en sueños. Padre bebió siempre y la muerte tarda poco y mucho en acercarse. Todo es cuestión del tiempo que uno tiene y cómo lo tiene.
—¿Has estado en el río? —pregunta madre en cuanto entro por la puerta.
—Para nada.
—¿Y por qué traes, entonces, tus pies cubiertos de barro?
—Ya sabes que hay mucho polvo en el camino, madre.
Y madre me mira con los ojos del que escucha mentiras, intentando evitar la mueca burlona que al final acaba dibujándose en sus labios, y alargándolos hasta el lugar donde cuelgan sus pendientes grises de latón.
—Polvo siempre hubo en el camino —afirma madre—, pero agua ni para beber. Siéntate a cenar antes de que oscurezca y no veas nada.
Pero poco hay que ver en el plato.
—Hoy les toca a tus hermanos un poco más de ración. Han tirado hojas muertas del huerto de don Rabal, recogieron la cosecha que ellos mismos labraron antes y fueron a contarle al padre Braulio, de a uno y en privado, todos los pecados que pudieron haber cometido. ¿Dónde estabas tú entonces? Ya sabes que el esfuerzo es recompensado. Maroto lo sabe bien y por ello ha vaciado sus sobras en los platos justos, ni uno más y ni uno menos.
Y me quedo mirando hacia los cuatro hermanos, dos ya grandes y dos iguales entre sí y diferentes a todos los demás. De aquí a poco ya comen solos.
Los hermanos se habían empeñado en terminar a toda prisa el caldo de los cuencos. Tras todo eso dieron buena cuenta del pedazo de carne bien cocinada que asoma con timidez por el reborde de sus platos.
El mío terminará tan vacío como al principio.
—Esperad, muchachos —nos interrumpe madre—, debemos dar gracias al señor antes de acabar.
Y así dejamos de tragar para dar gracias a Maroto por lo poco que nos da. Y gracias también a padre porque ahora ya no bebe nada.


—¿Cuánto tiempo crees llevar aquí? —preguntó el hombre alto.
—Puede que más tiempo del necesario. Aunque eso yo no lo sé.
—Puede que no tuvieran claro quién era el verdadero culpable de lo ocurrido. Por eso ahora debas esperar a ser juzgado.
—¿Tuvo que ocurrir entonces algo? De ser así, yo siempre tuve claro eso de la culpa.
—Quizá también te juzgaron. Como hacemos ahora los demás. Ellos también tienen ojos para mirar y orejas para escuchar. Pero, de ser así, ya habrías pasado por la puerta.
Un hombre nuevo llegó entonces hasta nosotros y se colocó junto al tipo alto. Venía envuelto en una sábana de asustar, como la del niño, con los pies descalzos y reproches de antaño.
—¿Hacia dónde debo continuar? —preguntó el hombre de ahora—. ¿Debo seguir subiendo?
—Eso depende de todo lo que digas —respondió el tipo alto sin apenas mirarlo.
—¿Y a quién se lo debo decir?
—A otro como yo. Y puede que después a otro más. Pero a otro que no soy yo.
Y sin más palabras se levantaron y continuaron su camino dando la espalda al hombre, subiendo los escalones a la velocidad que se necesita un recuerdo en la punta de la lengua.
—¿Y cuál debía ser el motivo por el que llegó ese hombre hasta aquí? —se aventuró el niño a preguntar—. En vez de correr, ¿no deberíamos guiarlo?
—No escuché lo que tenía que decir. De todos modos, si está aquí es por la duda de los demás. Alguien más deberá decidir si debe o no se debe quedar. Aunque a mí no me corresponde.
Casi habían llegado a la cima.
En lo alto, dos grandes verjas daban la entrada a todo lo demás. El enrejado se mezclaba con las nubes. Se perdía por donde se encuentra lo que ya no hay que tapar más. Un hombre, vestido en tela gris, mira a un lado y luego a otro, aunque sin mirar a nadie en particular. Al niño y al hombre alto no los mira ni de reojo. Sabido es ya por todos que puede que estuvieran sin en realidad estar para todos los demás.
Desde donde el niño se asoma y hasta donde consigue mirar, un jardín grande de flores azules y nubes blancas da vueltas alrededor de la puerta. En ese lugar las escaleras se suceden en varias de subida y otras tantas de bajada. Algunas mujeres, algunos hombres y niños con la cara sucia y los pies secos entraron de continuo por ese lugar. Cada uno que pasa saluda al hombre que a ellos sí se digna mirar. Luego prosiguen su paseo a la misma velocidad con la que un día llegaron. Suben por alguna de las escaleras, sin elegir la misma, o puede que sí, pero no se asustan al subir ni parecían tener ya nada que decir.
El niño Rodrigo no lo quiso intentar; también sabía de sobra que debía seguir enseñando sus recuerdos antes de continuar hacia cualquier otro lugar. Se volvió a sentar, se dejó cubrir por su sábana y volvió a contar al hombre que todo se empeñaba en saber.


Madre trabaja también después de darnos de comer. Va a casa de Maroto por las noches para saber del estado de la señora y aguardar a su lado hasta que se duerme. Luego limpia la cocina, tira las heces por los agujeros negros y llena la leñera para el frío que puede que venga después. En los tiempos de lluvia abundante cierra las ventanas para que el agua no se seque dentro. En los cien días que dura el fuego del verano no tiende la ropa fuera por el polvo del camino.
Maroto la visita a cuerpo desnudo después de dormir: se levanta de la cama, llena la escupidera de orín y se va a vaciar los restos dentro de madre. Luego es madre quien llena el suelo de orín mientras Maroto se saca el sudor de encima y se seca el vello del cuerpo con las toallas que madre preparó antes.
Yo no digo nada porque de ello no debo saber, pero por aquello y cosas más no me gusta recogerle la cosecha. En lugar de eso prefiero jugar a escondernos con los otros niños del pueblo. Puede que alguno de nosotros nos escondamos en el granero. Siempre de ello se regresa con los bolsillos repletos de avena, centeno y cebada. Hay quien se esconde tras las gallinas; se usan las hojas del algodón para que las cáscaras de los huevos no choquen y se rompan en el interior de los pantalones.
Por la mañana vamos donde los criados a repartir todo lo recolectado.
Cierto día, puede que fuese ayer o puede que el día de antes, mientras madre no hacía ruidos y Maroto sí, todos los niños salimos a jugar. El cielo de Cienfuegos ya se había llenado de puntos de luz, dejando de color oscuro todo lo que de día se pintaba en gris. Por desgracia para nosotros, Maroto tuvo hoy uno de esos días en los que ni con caricias ciertas se habría levantado con fuerza. Se asomó por una de las muchas ventanas que la casa tenía dispuesta hacia un lado y hacia otro, justo en el lado donde nos atrevimos a esconder a uno de los gallos grandes del corral. El viejo se rascó la cabeza y luego corrió a por la escopeta que usaba tanto para matar el venado como para impartir justicia. Creo que ya la debía llevar usada de otra vez, tan solo un cartucho se disparó por suerte esa noche.
A Maroto nunca nadie lo vio errar.


Nadie acudió al entierro del hijo del herrero. Su padre había hecho las cercas de metal que el niño aprendió a forzar desde muy temprana edad. Maroto las quería para encerrar dentro cada uno de los bichos que en las mañanas se servían en el desayuno. Su madre limpiaba las cacerolas en la casa grande, noche sí y noche también.
El padre Braulio contó un día que dijo unas palabras antes de echar por tierra otro momento y un cuerpo pequeño detrás. Hay quien dice que no es verdad, que lo vieron cenando gallo con Maroto la noche siguiente. Gallo grande de corral.
Puede que las dijera bajito —le escucharon decir a madre—, pues nunca nadie las llegó a escuchar, ni despiertos ni tampoco en sueños.
De estar vivo, un padre se habría pasado borracho hasta el día del juicio final.


—Por lo que cuentas todo es por un mal vivir. Que de hombres buenos puede que no encontraras en el camino que se te dio elegido. Ahora debo decidir yo, que de a bien te deba llegar.
—Parece que esté dando su bendición —le interrumpió el muchacho.
—Bueno, de eso puede que se trate todo esto.
—O puede que no.
Indeciso con las respuestas, el hombre pidió explicaciones más certeras al muchacho. Se dio cuenta así que de niño poco quedaba ya.
—En vida le debemos el pan a Maroto —comenzó exponiendo el joven. En ese momento pareció tener las ideas más claras si cabe—. Madre y las madres moran con él porque así debe ser, a pesar de que a padre y a los demás padres no les guste. Lo hacen antes de preparar la comida que luego, en los días venideros, todos ellos se deberán comer o tirar. Gracias a esto y a todo aquello nunca la vemos para almorzar. La pobre, de cansada no despierta hasta el atardecer. Lo que trae de la noche lo dispensa en el tiempo de la merienda. De a poco unos días y otros puede que más, según la gana de los que mandan.
El hombre alto aprovechó la pausa del muchacho para pararse a pensar en todo.
Entretanto el niño, más observador que otra cosa, aprovechó la pausa de sus propias palabras para permanecer con los ojos bien abiertos y ver a la gente pasar. Puede que a algunas ya las hubiese visto algún día antes. O puede que no. Para recordar eso no se encontraba ahora.
—¿Qué hay más allá —se atrevió a preguntar interrumpiéndose a sí mismo?
—Allí está todo. Se ha dispuesto así para todos. Y es por eso que tan solo los que lo merecen pueden al fin entrar por sus puertas.
—Entonces es todo igual que ayer.
—¿Igual que ayer? —preguntó el hombre. Se había puesto en pie. Intentaba comprender lo que tan poco les cuesta a los ciegos ver.
—Sí. Ayer lo dispuso alguien arriba, en Cienfuegos. Hoy lo dispone otro alguien aquí. Y parece que es así en cada casa y en cada lugar. ¿Por qué debe ser así? Da igual a quién le vendas tus días, de un modo u otro siempre habrá alguien decidiendo por todos los demás, sea aquí o sea allí.
Parecía, por sus gestos, que el hombre alto comenzaba a aprender lo que el joven pretendió darle entendido.
—Deciden un día si debes comer más o menos —continuó agregando el joven en su discurso—, dependiendo del hambre que ellos puedan o no tener. Deciden si debes tener hermanos que madre da a luz mientras padre, borracho, se lamenta por el pan que cierto día, recién llegado a Cienfuegos, aceptó de un hombre que pareció ofrecer de buena voluntad. Y así se pasan unos días ahora y otros días después, debiéndole la vida a todo el que algo nos da. Y aquí ocurre igual. Los demás deciden si debes o no pasar tras esas puertas, dependiendo de lo que uno como tú debe juzgar.
El hombre alto, más desconsolado ahora que jurado, divagaba para sus adentros lo que debe o no debe decir.
—Pero es que así se ha dispuesto. —Sabe el hombre que no hay otra cosa que pueda añadir.
El joven niega con la cabeza.
—Cierto no es, pero, que de cierto ser, prefiero quedarme viendo a los demás subir y bajar por los escalones a diario.
—Sin embargo, ahora puedes elegir hablar con el hombre de la puerta. Ahora te sabrá mirar. Yo ya todo lo sé, podré contestar si me viene a pedir explicaciones.
—¿Y qué me pedirán después? —preguntó el joven ahora abatido—. Si para entrar ahí debo decidir cumplir unas normas que alguien más decidió crear, ya por mí no quiero dar el paso. Si ahora decido dar mi brazo a torcer ya nunca más lo podré enderezar. ¿Quién dictamina que estas normas son las correctas? ¿Lo son para todos o solo para algunos? Si estás de acuerdo con ellas entras, y si no, ¿no? Es entonces igual que en Cienfuegos ayer. Allí arriba ganaba Maroto. Aunque en cierto modo nosotros también ganábamos el pan. O eso decía él. Mi familia trabajaba sus tierras y posesiones: mis hermanos labraban sus campos, mi padre forjaba todo el hierro que él necesitaba y mi madre cuidaba a su esposa, limpiaba su casa y alegraba sus noches. A cambio, nosotros teníamos migajas de pan en la mesa y sobras de venado o ave en el plato. Todos ganamos. ¿Es un trato justo? Para el que más ganaba siempre, sí. Sí para él.
El hombre alto asintió. Cuanto más hablaba el joven, más mayor se hacía. A estas alturas ya se hubo convertido en un hombre con criterio. Sabía todo lo que era justo y lo que no, y así se lo hacía entender al hombre alto que lo había estado juzgando sin cesar.
—Entonces, ¿tienes tomada una decisión?
—Sea la que sea es la mía. Y esa es la correcta.
Y de ese modo, el niño que se hizo joven y después hombre, puso fin a lo que una vez tuvo un principio.


Hay un hombre vestido con una sábana de asustar recorriendo las escaleras que suben hacia ningún lugar. Su nombre, Rodrigo Husar. Lo hace a diario. Sube y baja hacia nada, pues nada queda ya en aquél lugar para él. Recolecta recuerdos que otros rechazan por la prisa de llegar, impasibles a lo que ese hombre pueda o no necesitar.
Unos desechan aquellos recuerdos al pasar. Otros los arrojan como limosna a los que aún no han terminado de llegar.
El hombre reverencia agradecido las muestras de quita y pon. Ya no hay ni rastro del otro hombre, el que era tan alto como un altar. Puede que hubiese volado hacia otro sitio.


Ha vuelto a llover en Cienfuegos. El amanecer apareció de nuevo en la mañana, a la hora de casi nunca y por donde siempre. El agua moja las calles y limpia todo el polvo que, días antes, se hubo colado por cada uno de los rincones del pueblo. Se han regado los campos que habían arado los hombres, mujeres y algún niño. Allí se trabajaba a diario.
El padre Braulio reparte oraciones a diestro y siniestro. Hay quien las toma y hay otros que prefieren arrojarlas a un lado: ya hablarán de todo ello llegado el momento. Aun así, continuará orando por todos y por él. Hoy también almorzará caliente.
Maroto se ha vuelto a despertar contento. Habrá pan para merendar en la mesa de la mujer que cuida de su casa. Todavía le quedan más hijos a los que alimentar. Ahora recompone la alcoba con las lágrimas en el estómago. Llora hacia dentro por el hijo muerto que no logra ver ni en sueños.
Desde lo alto más alto de las murallas que protegieron el pueblo antaño, y si miras hacia el cielo, se puede observar la forma que tienen las nubes: algunas son como escaleras que se pierden hasta los confines del cielo. Otras, en cambio, no parecen llevar a ninguna parte.
Si por el contrario decidieses mirar hacia el suelo, hacia la tierra, verías el agua correr; llevarse todos los recuerdos desechados.
Quizá alguien, en cualquier otro lugar, los lunes, jueves y domingos de guardar, se dedique a recolectar los recuerdos que otros deciden arrojar con la lluvia hasta olvidar.

FIN

Imagen de Bessi en Pixabay

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