Relatos

Con arrojo

El cielo se pintó de rojo el día que Renato Soriano nació. Las nubes adoptaron extrañas formas y se balanceaban de manera rápida por el cielo. No hizo un viento excesivo, y tampoco el frío fue el protagonista. Sin embargo, algo sobrenatural parecía acechar en cada rincón todo el tiempo. Fue por esta y otras cuestiones que os contaré a continuación por lo que se le comenzó a conocer como el niño de rojo.

Cuando uno de los médicos lo cogió por los pies y lo sacó del interior de su madre supo que iba a tener una vida complicada.

Renato Soriano lloró como los otros niños. Fuerte y convencido expulsó esa primera bocanada de aire que le oprimía el pecho. Lo arroparon, como a cualquier otro, pero los médicos se miraron los unos a los otros y se lo llevaron con la excusa de hacerle algunas pruebas de rigor.

Fue uno de esos médicos el que se lo explicó a la madre. El padre se había marchado de sus vidas en cuanto conoció la noticia de su paternidad. Quizá se temía algo feo o no tuvo lo que hay que tener para ayudar a formar una vida nueva. Pero la cuestión era otra, y de ese modo comenzó el médico:

—La cuestión es que parte de su cuerpo se ha formado en el orden invertido.

Y de ese modo tan peculiar le dijo a la madre que su hijo había nacido al revés, con el sistema circulatorio fuera del cuerpo. Con los vasos sanguíneos como si fueran enredaderas enganchadas alrededor de él.

Una enfermera lo trajo envuelto en una sábana blanca. El niño resaltaba, pues todo él era de un color rojo que lo envolvía por completo.

—No tenga miedo de cogerlo —dijo la enfermera—, no parece que le duela.

La madre abrió mucho los ojos y miró el pequeño corazón que bombeaba sin descanso por fuera del pecho. De color rojo, claro está, pues la sangre es roja y es lo que el corazón bombea.

Las siguientes semanas y meses fueron de lo más normal. El pequeño Renato Soriano crecía y evolucionaba al mismo ritmo que lo hacen la mayoría de los niños. Su madre, para que el pequeño no se sintiera un bicho raro, pinto su habitación de rojo. Sus muebles eran de ese mismo color. El rojo se convirtió en parte fundamental de sus vidas. Conforme el pequeño crecía, sus arterias y vasos se hacían más grandes y adoptaban un tono de rojo diferente. Más maduro. Los vasos capilares habían tejido una red enorme sobre su cabeza. Daba la impresión de que el pequeño llevaba puesto un bonito sombrero de su color favorito.

A la edad de dos años el niño ya hablaba con soltura. Era un niño bastante inteligente, desde muy pequeño entendió que había cuestiones que lo hacían diferente, pero, a pesar de ello, no se sentía mal. Se podría decir que era un niño bastante feliz hasta ese momento.

Todo esto cambio en cuanto Renato Soriano comenzó a ir a la escuela.

La primera oposición que su madre se vio obligada a afrontar fue la de sus profesores. «Que si es peligroso, se puede hacer daño, podría explotarle una arteria, su corazón está expuesto». Todas cuestiones por las que no pudieron paralizar su ingreso en la escuela, ya que es imposible dejar a un niño sin educación.

Y lo siguiente fueron sus compañeros de clase. Ya se sabe que los niños no tienen filtro alguno, y le decían todo cuanto querían. Además, los otros padres tampoco estaban conformes con la cuestión de que ese niño estudiara con sus hijos. 

Desde el primer día Renato Soriano estuvo solo. Solo por completo, pues la soledad tiene muchos matices que ahora no vienen a cuento, pero, en su caso, fue una soledad total y absoluta. 

Se sentaba en una esquina apartada. Las otras mesas las habían juntado en el extremo opuesto de la clase, así nadie tenía que acercarse demasiado a él. Durante los momentos del recreo, Renato se sentaba en una esquina del patio y se comía su bocadillo a solas. A menudo se formaban corrillos de niños cerca de él. Lo miraban y hacían chistes sobre su aspecto y su ropa, que siempre llevaba de color rojo para intentar no desentonar.

Cierto día, mientras una de las profesoras daba una clase de matemáticas y Renato ya tenía la edad en la que se entienden bien cierta clase de cosas, Soraya, una niña de pelo liso y piel clara, de ojos azules, cogió una silla entre sus manos y se sentó junto al niño. Lo miró y le dedicó una sonrisa como Renato no había visto hasta entonces.

Desde ese día el niño de rojo y la niña de piel clara se hicieron inseparables. Hacían las tareas juntos, hablaban de las cosas que hablan los niños antes de no hablar de nada e intercambiaban las meriendas. 

Alrededor de ellos se formaba siempre un tumulto de niños. A Renato eso le molestaba, pero la niña no parecía tenerlo en cuenta. Siempre le decía que los dejara estar ahí, que no se preocupara por ellos, que era normal y que querían saber más para conocerlo mejor. Pero aquello a Renato no le gustaba nada de nada. Se reían con la boca pequeña mientras lo miraban. Cuchicheaban de oído a oído entre ellos o se sentaban a observar como si estuvieran ante una obra de teatro.

Cierta tarde, justo cuando al cumplirse la hora de salida de la escuela, la niña se abalanzó sobre Renato y lo detuvo en una esquina, cerca de la puerta de salida. Detrás de ella venía una fila interminable de niños, todos nerviosos y con la ilusión en la boca y en los gestos. Movían las piernas indecisos y se frotaban las manos como si les hubiera atacado una repentina urticaria en los dedos.

La niña lo miró a los ojos y lo embelesó con su mirada azul. Uno tras otro los niños pasaban a su lado, le daban un billete a la niña y le pellizcaban el corazón y las arterias a Renato. Las agarraban y las estiraban; las zarandeaban. Frotaban sus manos en la cabeza del niño o pisaban sus pies llenos de vasos sanguíneos. Los más atrevidos le daban abrazos y apretaban sus cuerpos contra él para ver si podían sentir cómo corría la sangre por el exterior de su cuerpo. Poco a poco, en las arterias de Renato y en su corazón se abrieron grietas que dejaron salir la sangre al exterior. Bajo él se formó un charco enorme, pero poco parecía importarle a los que aún no habían pasado para tocar al bicho raro.

El niño de rojo nunca se recuperó de aquello. Sí sus heridas, ya que a pesar de su curioso aspecto era un niño fuerte y de gran arrojo. La vida le había obligado a ser así.

Nunca regresó a la escuela, allí no querían a alguien diferente, y eso ocurre en esa y en otras escuelas de todos los rincones del mundo. Su madre se encargó de que tuviera una educación apropiada. Llegó a convertirse en un hombre de rojo, pero no un hombre normal, pues la normalidad es para otros.

La maldad de muchos impidió que tuviera una vida normal, pero no que tuviera una vida. A fin de cuentas, la vida es lo que pasa en la vida de todos.


Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

13 – Tu protagonista es de tu color favorito. ¿Qué implica eso en su mundo?

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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