Relatos

Con la luz apropiada

Las aves, de paso, con el vuelo esquivo, alejado, y la dulzura que tienen las estaciones cuando se marchan. Cuando se alejan.

Cada cual pinta el cielo como lo ve. Ese día, don Eduardo Marín Robledo, natural de la tierra, pintor de estaciones y recuerdos, con la mente llena de ellos: grandes, pequeños, distantes, actuales, lo pintó de azul claro, casi blanco. En la parte alta del lienzo, junto a la bandada de pájaros, un sol casi igual de esquivo, a medias, iluminaba, en parte, ese lado del retrato. En el otro, donde ni sol ni aves en vuelo, la oscuridad daba paso a una estampa opaca. Negra. La forma de una mujer a medio hacer, entre la bruma de un invierno cercano, con el viento aún dispuesto del otoño, luchaba por salir del interior de la arena. Lanzaba los brazos al aire como reclamo de una ayuda que no llegaba. Estaba pintado de un modo abstracto, con arena donde debería haber cuerpo y cuerpo donde debería haber arena. Con partes de ella misma aquí y allí, sin un lugar definido, pero definida en un lugar concreto.

Cuando don Eduardo Marín Robledo, natural de la tierra, se sentó sobre el bordillo a fumarse un cigarrillo y posó la vista en el horizonte mientras los viandantes contemplaban su obra aún inconclusa, una sensación confusa se apoderó por completo de él. Por un lado sentía una libertad extraña, la sensación de poder volar hacia cualquier otro lugar, pero ser un prisionero del sitio que sujetaba su caballete y que le daba el decorado de su eterna obra.

Quienes le conocían, los comerciantes de la zona, los habituales de la playa junto al puerto o, incluso, los turistas habituales de la zona, sabían que, desde hacía un tiempo, el proceso creativo de don Eduardo Marín Robledo, natural de la tierra y de esta tierra, se basaba en pintar una y otra vez el mismo cuadro, aunque, sin embargo, un cuadro diferente cada vez, con una perspectiva diferente, una paleta de colores a más o menos distancia de la anterior; con otros recuerdos y el paisaje en otro momento diferente.

El hombre llegaba cada mañana al mismo sitio, colocaba el caballete con calma, le pedía a don Antonio, el camarero y dueño de una pequeña cafetería que le había tocado por suerte justo enfrente, un café con leche bien caliente, con mucho de café y poco de leche. Cuando el camarero se lo traía se fumaba un cigarrillo junto al pintor mientras observaba la rutina de cada mañana. Don Eduardo Marín Robledo sacaba el lienzo en blanco de una funda protectora y lo ponía a respirar, como decía él, puesto que llevaba toda la noche sin hacerlo, dentro de la funda protectora.

Con la taza de café en las manos, junto a Antonio, miraba el paisaje y el lienzo, el lienzo y el paisaje.

¿Qué va a ser hoy? Preguntaba Antonio antes de volver a sus quehaceres en la cafetería. Hoy va a haber lucha, el sol no deja ver con claridad. Respondía él. Pero la lucha la llevaba el hombre en su interior, en su cabeza.

El sol, como cada una de las mañanas elegidas por don Eduardo Marín Robledo, natural de la tierra, brillaba como siempre y como nunca.

Siempre, todas las veces, había empezado por el cielo. Llenaba la parte alta del lienzo de diferentes azules. Un nerviosismo se apoderaba de su mano derecha mientras, con la izquierda, estiraba de vez en cuando la pintura puesta sobre la tela. Daba brochazos aquí y allá, con la rapidez y destreza de un malabarista que lanza al cielo multitud de pelotas que recoge después. 

Cuando acaba esa primera parte se aleja. Quiere ver la mancha azul desde la distancia, comprobar que tiene el espesor y el color que hay en su mente. El tono real que da el cielo, que diría el hombre. Estira las manos e intenta darle forma desde esa distancia a todo lo demás. 

Las aves en vuelo es siempre lo siguiente. Son formas distantes, y al mismo tiempo claras. Formas difusas, perdidas en el cielo, lejanas, aunque en el lugar que tienen que estar y por donde una vez se ve que pasaron.

No ahora.

Al terminar la parte alta del cuadro, la que posee el cielo, se dedica al mar. Lo empieza en la mitad exacta de la tela. Al principio, si observas todo el proceso, no sabes con certeza lo que es cielo y lo que es mar. Don Eduardo Marín Robledo difumina uno con otro. Los azules se cruzan, se confunden, se mezclan, se abrazan. Un encuentro poco casual, premeditado, que dará paso a lo que queda.

De seguido, como una ola llena de espuma blanca, el mar se convierte en arena. Blanca, cristalina, con el brillo del sol. Miles de destellos salen de ella y la convierten en un bote de brillantina. Un toque de alegría, a pesar de la oscuridad siempre latente en la parte izquierda del mural. 

Cierto día, con el sol a medias, las nubes ensuciándolo todo y el humor del hombre expresado en el temblor de sus manos, un chico se acercó a él y le preguntó con arrojo: ¿Está en venta? Eduardo negó con la cabeza y siguió a lo suyo, dispuesto a poner de su parte lo que el día no daba. En cuanto terminó de pintar a la mujer abstracta, el chico volvió a preguntar: ¿Y esa mujer? No parece que pegue con el paisaje del cuadro? Se encogió de hombros don Eduardo Marín Robledo y se sentó en el bordillo del paseo a contemplar como contemplaban su obra los demás.

No quiero incordiarle, pero ¿por qué está pintada la mujer de ese modo? Parece que esté con los pies metidos en la arena, hecha pedazos. Preguntó el chico una vez más.

Porque es ahí donde me enterró cuando acabó conmigo.

Entre metáforas, con arrojo, arrojó el último cigarrillo al suelo y se marchó. Ese día el sol no tenía la luz apropiada.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

30 – Describe el proceso creativo de un cuadro y haz que los elementos pictóricos sean parte de la historia. Por ejemplo, si sale un bosque, que sea relevante en la trama.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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