Relatos

Cumpliré todos tus deseos, mamá

La voz de su madre resonaba con fuerza en su cabeza desde la sala de estar. Damián preparaba el agua caliente en la cocina al tiempo que limpiaba los restos de la cena del día anterior. Arrojó todo sobre uno de los platos sucios y lo tiró a la basura. Le hizo un nudo a la bolsa ya llena y la dejó a un lado del cubo, sobre otras dos más.

El reloj de pared indicaba que eran cerca de las once de la mañana. Si la hacía esperar más se iba a enfadar.

—Ya voy, mamá. Se está calentando el agua. Y sí, sí tarda tanto.

El hombre llevó el agua caliente a los pies de su madre. Movió un poco la hamaca y comenzó un repetitivo vaivén, acompañado siempre del ensordecedor crujido que hacía la antigualla de madera.

—Deja que vaya a por unas toallas limpias y a por las tenazas de las uñas.

Los pies de la anciana estaban bien cuidados. Damián se encargaba de echarles crema todas las mañanas después de lavarlos. 

—¿Sabes?, María también lavó los pies de Jesús. 

Las manos del hombre limpiaban los pies de la anciana con suavidad y con mimo.

—Claro que lo sabes. Tú lo sabes todo de Jesús.

Iba desde la base de los pies hasta la rodilla, donde el dobladillo del vestido en tono gris que llevaba puesto se deshacía sin contemplación.

—Tengo que arreglarte este vestido. Eres un desastre con la ropa, es el tercero que voy que coserte este mes.

Las manos de Damián detuvieron el balanceo de la hamaca en cuanto terminó de lavarle los pies. 

—Hay que arreglarte esas uñas, no entiendo cómo pueden crecerte tanto. Incluso ahora.

Cogió las tenazas que había dejado en el suelo, junto al barreño, y comenzó por el dedo gordo. 

El sonido que hacía la tenaza cuando cortaba la uña se mezclaba con el griterío de los tertulianos del programa matinal. A Damián no le gustaban ese tipo de programas, pero sabía que la anciana se enfadaría y comenzaría a gritar si apagaba la televisión. 

—Podríamos haber puesto otra cosa. Siempre ves el mismo programa, ya estoy cansado de toda esa gente. Solo hacen gritar y gritar.

Cuando terminó de cortar las uñas cogió una toalla y le secó los pies con cuidado. Luego se untó con crema las manos y con ellas dio un masaje lento por los pies de la anciana, entre los dedos y el tobillo, en cada pliegue. Subió parte del vestido, hasta la mitad de las piernas, y siguió con las caricias por el interior del muslo y la entrepierna. Cuando terminó, satisfecho, miró a los ojos a la anciana y el rostro del hombre se transformó.

—¿Qué te ocurre ahora? Siempre la misma cara, las mismas quejas. Hago todo esto por ti y ¿así me lo pagas? Eres muy desconsiderada. Pude haberte dejado abandonada en una residencia y no lo he hecho. Siempre aquí, a tu lado. 

El hombre cogió las toallas del suelo de mala gana y las llevó a la canasta de la ropa sucia que tenía en el baño. 

—Lavo la ropa como me enseñaste —continuó, mientras regresaba a la sala—, hago tus recetas, te lavo, te arreglo, coso tus viejos vestidos, ¿qué más quieres que haga? No me he casado nunca, ninguna mujer te pareció buena para mí. Eras tú quien terminaba con ellas, no yo.

Cogió el mando de la televisión y la apagó. Luego arrojó el mando sobre el sofá.

—Te pasas toda la mañana con ese estúpido programa, lleno de gente estúpida y noticias estúpidas. No quieres salir hace meses de esta casa porque dices que así me proteges. ¿Y quién me protege a mí de ti? Yo también tengo mis necesidades. 

Damián se dejó caer en el sofá y se llevó las manos a la cabeza. Permaneció en silencio varios minutos. Volvió a darle al botón que encendía la televisión, pero le bajó el volumen hasta dejarlo sin nada de sonido.

—Siento haberte gritado, mamá. Sabes que algunas veces pierdo los nervios. 

Estiró la mano para acariciar los nudillos de la anciana, reposados sobre el brazo de la hamaca.

—Haremos una comida especial, como en los viejos tiempos.  Ya está bien de comer restos. Traeré a una mujer a casa y prepararemos la carne como me enseñaste. Te prometo que luego lo recogeré y lo limpiaré todo. Iré a tirar la basura amontonada, sé que el olor te molesta. Lo dejaré todo como si no hubiera pasado nada.

Volvió a balancear la hamaca de la anciana y a aumentar el sonido de la televisión.

—No te muevas, regresaré enseguida. Será como las otras veces, cuando los dos hacíamos juntos la comida. Volveré a llenarte el congelador de carne fresca, como a ti te gusta. Hace tiempo que solo hay restos.

Una sonrisa se dibujó en los labios del hombre antes de marcharse.

—Y te traeré una rosa roja y hermosa. ¿Sabes?, en muchos países hoy es el día de la madre, y la semana pasada no te regalé nada. Regreso enseguida.

El cuerpo de la anciana se mecía sobre la hamaca. El hombre, antes de partir, le había dado un fuerte empujón para que se mantuviese así. Quizá aguantase el balanceo todo el tiempo. Quizá no.

¿Qué podía hacer él si se paraba? Tenía que bajar en busca de comida. Ella no iría a ningún sitio ya. No había otra. Cuando vuelva a comer carne fresca se sentirá mejor.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

19 – Crea un relato en el que aparezca una madre terrorífica.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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