Relatos

¿De qué color está el cielo?

Tuvo que cortar la garganta de su padre para ver por primera vez de qué color era el cielo.

Lo hizo a altas horas de la madrugada, mientras sus otros hermanos dormían en sus respectivas habitaciones.

Se levantó de su camastro, cogió uno de los cuchillos que alguna vez utilizaron para abrir las latas de conserva, cuando todavía tenían, y se lo clavó sin ningún atisbo de duda. 

El pequeño esperó junto a él los pocos minutos que tardó en desangrarse. Su padre permaneció todo el tiempo con los ojos abiertos y una expresión de sorpresa en el rostro. Ismael no entendía bien a qué se debía, sabía que tarde o temprano y costase lo que costase vería el cielo por primera vez. Así se lo dijo una vez.

En cuanto el hombre perdió la expresión y la vida, con toda la sangre sobre el suelo gris de hormigón, se marchó de la habitación y subió las escaleras metálicas hasta llegar a la escotilla del búnker. En cuanto estuvo arriba, sin pensarlo, intentó girar la rueda de apertura sin ningún éxito. Sus enclenques brazos y la falta de comida hacían que apenas tuviese fuerza. Vencido, bajó las escales deprisa y corrió hasta la habitación de su hermano mayor.

—¡Fabio! ¡Fabio!

Zarandeaba a su hermano. Le agarraba de los brazos y tiraba de él con toda la fuerza que podía.

—¿Se puede saber qué quieres?

—Es papá. Ha abierto la escotilla y se ha marchado.

Como si alguien hubiese activado en ese momento un interruptor, el hermano mayor se levantó de la cama de un salto y corrió hacia la escotilla de apertura.

Una vez allí miró hacia arriba. Estaba cerrada. Fabio dirigió entonces la vista hacia su hermano con un interrogante en las cejas y en los ojos.

—Lo juro. Le he visto subir y salir al exterior.

—No puede ser. Todavía puede haber radiación. Él sabe que es pronto para eso.

—Te digo que sí —dijo con lágrimas en los ojos y un tono más alto en sus palabras—. Ha subido las escaleras, ha abierto la puerta y se ha marchado. Nos ha cerrado por fuera y nos ha dejado solos y sin nada. Y ya no queda comida.

Trepó las escaleras metálicas con rapidez y se plantó en lo alto en un momento, junto a la escotilla. Miró a su hermano, tragó saliva y la giró con fuerza y rapidez. Un giro. Otro. Uno más.

En cuanto la puerta se abrió, una bocanada de aire caliente se coló por ella y envolvió por completo a los dos hermanos. Ambos se vieron obligados a cerrar los ojos con fuerza, ya que el calor era insoportable. Sus cuerpos, vestidos con unos calzoncillos y una camiseta de tirantes, se llenaron de abundantes y frías gotas de sudor al momento.

—¡No! 

El hermano cerró de nuevo la escotilla y bajó las escaleras a la misma velocidad que las había subido. Se olvidó de su hermano y corrió hacia el dormitorio donde dormía su padre.

—¡Dios mío! —dijo al llegar y verlo tirado sobre su propia sangre.

La voz de Fabio sonó áspera, y daba la impresión de que le hubiesen retorcido las cuerdas vocales como se retuerce la ropa después de pasarla por agua. Sonaba entrecortada.

No le dio tiempo a darse la vuelta. En cuanto lo intentó, la punta metálica de un cuchillo rompió la carne por la espalda, a la altura del hígado.

La expresión de miedo había dibujado el rostro de Fabio. No conseguía respirar, ni se veía capaz de decir una palabra. Una lágrima salió de uno de los ojos y recorrió el rostro hasta abajo, donde se precipitó sobre su padre muerto. La sangre bajaba desde la herida y por toda la pierna. Los calzoncillos se habían teñido de un tono oscuro, que mezclado con la escasa luz que daba el panel de emergencia del búnker, apenas se dejaba ver como una mancha oscura que crecía con rapidez.

—No es azul —dijo el joven con la vista puesta en los ojos moribundos de su hermano—. El cielo, aún no es de color azul. Y los hermanos tienen hambre.

En cuanto Fabio cayó al suelo, sobre el cuerpo muerto de su padre, el joven regresó a la habitación y se metió en la cama de su hermana. La abrazó con fuerza y pegó la cara a su espalda.

—No es azul.

Su hermana emitió un ruido antes de decir algo inteligible.

—Duérmete.

—Pero el cielo no es azul. Lo he visto.

—Papá se encargará de eso. Ahora duérmete o te irás a tu cama.

El joven se apretó aún más contra el cuerpo de su hermana y cerró los ojos.

Sabía que en cuanto despertasen al día siguiente todo iba a cambiar. Que su padre y su hermano mayor ya no estarían para protegerlos dentro del búnker. Ahora debería ser otro quien se encargase de hacer esas y otras muchas cosas. Supo que tendrían carne para comer durante varios meses, al igual que cuando su padre se encargó de su hermana enferma.

Pero, sobre todo, sabía que el cielo todavía no era azul y debían seguir dentro.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

25 – Escribe un cuento en el que tu protagonista vea el cielo por primera vez.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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