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Decorando la Navidad

¡Mi blog ya se ha vestido de Navidad!

¿Y vosotros?

Recuerdo qué, cuando era joven, el puente de la Constitución era siempre la fecha elegida por mi familia para adornar la casa; para llenarla de Navidad.
Mi hermana era siempre la encargada de todo ello: se levantaba por la mañana, sacaba la caja con el árbol de plástico que nos acompañó durante años y otra con los adornos. Desplegaba cada una de las ramas, lo colocaba en el rincón elegido de la casa y comenzaba a llenarlo de bolas y lazos de colores, las campanas, las piñas y la gran estrella que brillaba siempre en lo más alto. Más tarde instalaba las luces. Las envolvía alrededor del abeto de plástico, con la ilusión del que le pone la guinda al pastel.
Enchúfalo tú, que a mí me da miedo y voy descalza.
Y allí iba yo, que llevaba toda la mañana mirando desde el sofá, sin ayudar ni hacer otra cosa que irritarla, a ponerle la guinda al pastel.

Y SE HIZO LA LUZ.

Y el árbol de Navidad se iluminaba, con destellos intermitentes de colores. Rebotaban en los cristales del mueble bar, donde mamá guardaba las copas que pronto sacaría de nuevo, como hacía siempre en esas fechas, para brindar por un año mejor que el anterior.
Tim primero, y Carlitos después, eran los encargados de disfrutar verdaderamente del árbol de Navidad. ¿Por qué todos los gatos tienen devoción con las bolas brillantes? En cuanto lo veían todo montado no daban ni dos minutos de reposo hasta abalanzarse sobre él.
Yo me moría de la risa.
Mi hermana de la rabia.

Montar el belén era otra historia. Siempre me ha atraído la idea de recrear escenarios, simulando cualquier época o acontecimiento anterior. ¿No es acaso eso el Belén? Ahí estaba yo, llenando el escenario con mis mejores Playmobil. Acabando con el papel de plata con el que mamá envolvía los bocadillos que nos llevábamos al colegio. Saliendo al campo a buscar el musgo que la humedad de la isla dejaba en todos los caminos. Regresar con los bolsillos llenos de piedras que colocar a los lados, sujetando el papel de estraza. Eso sí me gustaba. Montar mi personal historia de Belén y de la Navidad.

Con el tiempo, tan solo cuando llegó mi hija al mundo recuperamos esa tradición. Todo se llenaba de nuevo de ilusión y fiesta. De bondad. De regalos. Otra vez el árbol de plástico y los adornos de colores. Ahora también pegamos en blanco adornos en las ventanas, simulando la nieve. Somos más sofisticados, menos reales. ¿Acaso cuando nos volvemos adultos perdemos la capacidad de soñar? Yo sé que no, de lo contrario habría dejado hace mucho de imaginar historias. Sin embargo, los jóvenes de ahora no piensan en la fiesta como tal. Si le pregunto a mi hija no tiene los mismos recuerdos especiales de estas fechas que yo. Y yo, en cambio, tengo bonitos recuerdos, recuperados de nuevo gracias a ella.

Y todo ello está genial, pero, aun así, mis verdaderos recuerdos de la Navidad vienen de antes, de cuando mi hermana montaba incansable todo mientras yo incordiaba desde el sofá.

Y vosotros, ¿qué recuerdos tenéis de adornar la Navidad?

Contádmelo.

¡Feliz Navidad!

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