Relatos

El cajón de los helados

No paraba de hablar. Lo hizo desde el minuto uno, desde que entró por la puerta del restaurante.

Soltaba palabras a diestro y siniestro. Comenzó en cuanto me vio, siguió en el momento de sentarse a la mesa y al salir e ir hacia su casa por el paseo del puerto. Incluso a media noche, ya metidos en la cama.

Sé que hacía mucho tiempo que Julián y yo no nos veíamos, pero me pareció exagerada su actitud. Se reía con la boca abierta, después de haber engullido un buen trozo de su comida, me ponía la mano en el hombro o meneaba la silla a un lado y al otro sin saber muy bien dónde colocarse. En un momento dado creí que iba a saltar sobre mí con un montón de comida aún en la boca y me iba a clavar los dedos con sus uñas largas. ¿Por qué tenía esas uñas?

Pero debo reconocer que me hizo reír. Me hizo reír mucho.

Quizá fuera ese el motivo para llevármelo a la cama. O puede que viniesen a mi mente recuerdos de otro tiempo, cuando Julián y yo nos escondíamos de todos en las casas abandonadas de la cantera para llenarnos la boca de besos malos, de manoseos pesados y caricias torpes por debajo de un sostén demasiado grande.

—¿Te apetece un helado en otro sitio? Conozco por aquí una heladería en la que hacen unos helados buenísimos y caseros. Está por aquí cerca. Podemos ir dando un paseo y así seguimos recordando los viejos tiempos. Me encantaban aquellos tiempos. ¿Lo recuerdas?

Otra risa de esas exageradas.

—¿Te gusta el helado? A mí me fascina. Podría comer helado todos los días de mi vida. En casa tengo todo un cajón del congelador solo para las tarrinas de helado. Tengo de muchos sabores: limón, menta, mango, dulce de leche, chocolate, vainilla… El de vainilla no es que me guste demasiado, pero lo hago con chocolate caliente por encima y se le queda un sabor espectacular.

—Quizá podrías invitarme un día a comer helado a tu casa.

Se calló de golpe. 

Ahora sé que no lo asusté con mis palabras, pero en ese momento me pareció lo contrario. Pensé que me había precipitado y lo había echado todo a perder, que le parecí desesperada. No pensé en ello en ese momento. Actué a la misma velocidad de sus palabras. No me quedaba otra.

Pero salió bien.

Y se calló un momento, como cuando un perrillo lleva reclamando tu atención varios minutos y comienzas a acariciarlo.

La misma sensación.

El mismo silencio.

Julián era el perrillo al que acariciaban y yo la persona que había conseguido bajarle el volumen al mundo. La ansiedad.

En lugar de conocer la heladería esa tan buena de la que habló, nos fuimos a su casa dando un paseo que llenó de palabras y las miradas de todo el mundo sobre nosotros dos.

En cuanto llegamos me enseñó el cajón de los helados.

Era verdad todo lo que dijo, no lo hizo para impresionarme; aunque a mí ya me ganó cuando entró por la puerta del restaurante con la gabardina larga y el pañuelo agarrado al cuello con dos vueltas. Sus zapatos negros, relucientes, y la sonrisa torcida de otro tiempo.

Puede que dudase durante la verborrea nerviosa que comenzó a soltar en cuanto me vio, pero mis ganas y la melancolía por un tiempo que quizá fue mejor, o diferente, hicieron el resto.

—¿De qué vas a querer el helado? A mí me gusta mezclarlos. Me pongo un poco de este, otro poco de este y un pedacito de ese de ahí. La mezcla de sabores hace que mi cerebro los encuentre diferentes cada vez. ¿Sabes?, una vez llegué a mezclar todos los helados que tenía ese día en el cajón. Tuve que utilizar para ello un plato hondo, de los de la sopa, en un cuenco normal no cogía todo. —Soltó todo eso mientras cogía dos cuencos de un estante sobre el fregadero. —Si quieres podemos mezclar un poco de todo, pero no creo que te apetezca. Ese cuerpo que manejas no parece de mucho helado.

¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? ¿Ha piropeado mi cuerpo mientras habla al mismo tiempo de helados? Sí, lo ha hecho. Me abalancé sobre él y le besé con la boca muy abierta y un hambre voraz. 

El resto ocurrió a la misma velocidad pero en otra habitación. Tampoco entonces se calló mucho, pero me lo hizo bien.

A la mañana siguiente, con el sol a medio estar, entre las persianas y mis pechos echados a un lado, lo escuché entre sueños levantarse a orinar. Fue un momento largo y tendido que resolvió a puerta abierta y bostezos de por medio. No, ya sé que eso no es sexy para nada, pero tampoco lo fueron otras muchas cosas y ahí estábamos.

—¿Ya estás despierta? Pues levanta ese culo de la cama que te voy a llevar a desayunar a un sitio que te va a dejar sin palabras.

«Sin palabras me has dejado tú», pensé. Lo estuve durante toda la noche. Ni una palabra me dejó soltar. Creo que si no me hubiese abalanzado sobre él todavía estaría hablando de helados.

—Es que por las mañanas me levanto con un hambre voraz. 

Me hizo gracia y me reí. Lo pilló a la primera.

No hay nada como que te coman bien por la mañana temprano. Y ya de paso lo tenía con la lengua ocupada. 

Apenas me dejó tomar aire después del placentero orgasmo que me produjo su apetito mañanero.

—Nos damos una ducha rápida y bajamos a desayunar. Ya verás como te va a encantar. Podemos comer hasta reventar.

—¿Nos damos?

—Se ahorra agua.

Me guiñó un ojo y se fue meneando el culo de una manera muy graciosa hacia el cuarto de baño. Siguió con no sé qué de un sitio de gofres calientes con chocolate de varios sabores o algo así. A la velocidad que soltaba las palabras me era imposible seguirle. Hundí la cabeza bajo la almohada un instante y negué con la cabeza. Luego la lancé contra la pared y soplé con fuerza. ¿No gastará todas las palabras si sigue a ese ritmo?

Me fui a toda prisa hacia la ducha, dispuesta a hacerle callar al momento, pero fue él quien me hizo callar.

Desde ese día estamos juntos. 

Diez años ya.

No, no se ha callado aún. Tampoco ha perdido el apetito por las mañanas. Eso compensa con creces casi todo lo demás. Aún no me ha llevado a aquella famosa heladería de la que me habló la primera vez. A ver si un día consigo que se calle y se lo digo.

Sigue orinando tranquilo por las mañanas nada más levantarse. Y le encanta pasear mientras habla sin parar.

Por cierto, lo de las uñas largas era porque el chico toca la guitarra.

Ahora me toca a mí.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

26 – La personalidad de tu protagonista es la de tu animal favorito. Crea un relato sobre su vida en sociedad.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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