Relatos

El Portal de Belén

Modesta, Genoveva y Basilia llevaban toda la vida juntas. Habían nacido en Motilla del Palancar, un pueblecito de Cuenca que estaba a medio camino de Albacete. Ya desde bien jovencitas destacaron por su modernidad y sus continuas ganas de abandonar el pueblo que las vio nacer para partir a una gran ciudad en la que dar rienda suelta a sus altos vuelos.

Desde siempre habían ido juntas, y así debía seguir en el futuro.

Un día como otro cualquiera, las tres decidieron que no iban a aguantar más, que quedarse a mirar el mundo desde un sitio tan pequeño no les iba a abrir puertas ni les iba a enseñar el lejano horizonte de las grandes ciudades, lugares hacia donde mirar y soñar desde lo alto de La Mogorrita o de La Cruceta. Lugares tan lejanos y cercanos a la vez. Ese día cogieron sus bártulos, llenaron la espalda de ganas y se pusieron a caminar con zapatillas adecuadas.

Modesta, la mayor de la tres era la que marcaba el ritmo, tanto del caminar como de las conversaciones entre las tres amigas. Era ella quien decidía si aparcaban sus traseros en uno u otro sitio a descansar, si llenaban sus bolsillos con uno u otro oficio o sí, por el contrario, se decidían a deberse a la caridad de todo el que se prestase.

Estaba claro que el camino elegido iba a ser hacia el oeste, hacia la capital del reino, de la que tanto y tanto habían oído hablar. Donde se decía que, las mujeres como ellas, nunca son las mismas al llegar que al regresar.

La noche en la que todo empezó era de las frescas, de esas en las que, aunque te vistas para la ocasión, tu cuerpo no lo agradece y tirita hasta llenarse de contracturas. El cielo aparecía despejado, con millones y millones de estrellas colocadas al azar, aquí y allá. Sin embargo, las tres amigas se fueron a fijar en una en el horizonte que brillaba más que las demás. Lo hacía de un modo peculiar y diferente, con un parpadeo constante y de un color que nada tenía que ver con las del cielo. Conforme se fueron acercando al lugar, la estrella brillante tomó forma y color. Azul cielo y rojo en el interior. Cinco puntas y otras más pequeñas para adornar. Dos mujeres con poca ropa adornaban las puntas de abajo.

—¿Portal de Belén? —dijo Basilia. Tenía los ojos como platos y las cejas por sombrero.

—Quizá esté dentro el niño Jesús —bromeó Genoveva.

Golpeó con la palma de la mano la puerta de madera vieja que había bajo el cartel y después se abrazó a sí misma.

Tras la espera que permite el frío, Modesta volvió a golpear la madera con más energía y dio un grito de lamento que no tardó en ser contestado.

—¡Ya va!

Una mujer de una edad comprendida entre los cincuenta y tantos y vete tú a saber, con el pelo largo y despeinado, los labios grandes, pintados de un rojo tan intenso como el color del interior del cartel, abrió con la desgana que portan los que ya están es espera de algo mejor o de un sitio mejor. Llevaba unos ropajes que bien poco se daban al tiempo que hacía, con los pechos florecidos sobre la tela y las piernas libres de todo. Las tres amigas debieron pensar entonces que en ese lugar debía hacer un calor que no veas, pues al entrar, un montón de mujeres se paseaban por el local casi en cueros.

Pero no, ellas no notaron que hiciera tanto calor. Al menos no en ese momento.

—¿Y vosotras tres qué queréis?

—No sabemos si nos hemos perdido, mi señora —respondió Modesta—. Salimos hace varios días en busca de un porvenir para nuestras vidas y ahora no sabemos si hemos llegado al lugar indicado. El pueblo se nos había quedado pequeño y por ello hemos decidido buscar un sitio mejor.

—Y habéis caído aquí, ¿verdad?

Las tres afirmaron con la cabeza al unísono.

—Pues vaya suerte la vuestra. —La mujer se rascó la barbilla con una mano mientras miraba a las tres jovencitas—. ¿Qué edad tenéis?

Tanto Genoveva como Basilia miraron a Modesta para que fuera ella la que contestase a la señora.

—Veinte —dijo al fin—. Creo.

—¿Creo? Que pasa, ¿no sabéis vuestra edad?

—Nuestro pueblo es pequeño, mi señora. Allí todos creen que el tiempo tan solo se debe contar en los buenos momentos, cuando disfrutamos al cien por cien de la vida. Por ello no nos preocupamos por la edad. Yo que he vivido algunos momentos de disfrute, pero pienso que debería buscar otros nuevos.

Las tres amigas juntaron sus manos y sus cabezas. Se las veía muy unidas. Felices, en cierto modo.

—Joder. Entonces habéis llegado al lugar idóneo. Poneos cómodas. Os presentaré a las demás chicas y a Jesús, el dueño de todo esto. Por cierto, yo soy Belén.

De ese modo, las tres amigas en su búsqueda de un porvenir mejor, llegaron hasta el Portal de Belén. Un sitio acogedor y caliente en la carretera de Madrid, kilómetro ciento tres; un sitio apartado de todo para algunos, pero sin duda, un sitio de paso para muchos otros. Tanto por las tardes como ya bien entrada la noche, el lugar se llenaba de hombres muy diversos, dispuestos a dejarse los cuartos por fantasear un rato. Bebían en la barra y jugaban con el pelo de las chicas del lugar. Sonreían, bailaban, las acariciaban… Todas las personas que por allí pasaban parecían disfrutar del sitio.

Con el paso del tiempo las tres amigas fueron las más reclamadas del lugar, y ni para trabajar se separaban. Había noches en las que estaban dispuestas a jugar hasta bien entrada la madrugada con todo el que se acercara a ellas. Eran un regalo caído del cielo, tanto para los jóvenes como para los más ancianos.

Las llegaron a llamar las Tres Reinas Magas del Portal de Belén, pues ellas solas eran capaces de hacer realidad los sueños y las fantasías de cuantos por allí se acercaban, fueran creyentes o no.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

2 – Escribe un relato protagonizado por tres reinas magas.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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