Nuestros héroes, por Augusto Ferrer-Dalmau.
Relatos

EL REINO DE TODOS

Un dragón rojo de vuelo apresurado, descomunales alas sobre la espalda y cuerpo redondeado asediaba el reino de todos. Hasta allí, unas veces con la noche ya caída y otras con el sol despertando sobre el horizonte, cientos de nobles protectores y valerosas guerreras se prestaban a la batalla. Iban a ella envueltos en armaduras de papel y con yelmos fabricados con hojalata por voluntariosos jornaleros del reino. Algunos portaban lanzas de madera; otros eran espadachines sin espada, montados sobre rocines de cualquier otro cuento.

Valvanera De la Rosa e Iriarte era una de ellos. Una de muchas. Cualquiera entre todos los valientes.

A la contienda relatada —esa de tantas— llegó de las primeras. Dejó atrás el caldo del almuerzo a medio hacer y una despedida desde la distancia con su hijo, que la miró con los ojos llenos de orgullo y unas ganas inmensas de abrazarla. Sin embargo, por doloroso que fuere todo aquello para la mujer, no menguaron para nada sus deseos de partir al enfrentamiento, sus ganas de acabar con tan temida fiera cuanto antes.

Con el ánimo como estandarte y las lágrimas apagando la rabia desde adentro, esa noche la mujer atacó de frente, sin pensarlo y sin pensarse, seguida de muchos otros que ni lo pensaron tampoco.

Se supo luego que aquella fue una de las noches más cruentas. Los arqueros del reino, hombres y mujeres venidos a más, desde la distancia más segura, lanzaban sin descanso sus flechas de aguja contra el duro cuerpo del animal, permitiendo así el ataque más directo de soldados a pie, de infantes llegados de territorios vecinos y otros muchos con todo por perder y, aun así, dispuestos a ganar en la batalla.

No había botín ninguno ni regreso a descansar. Se quedaban, tras la batalla, precavidos y sin perder de vista al enemigo.

Tan preciado reino contaba con gentes sin igual. Desde la distancia de una puerta entreabierta o un balcón elevado, niños, mujeres y hombres, menos prestos en la batalla y aun así igual de intrépidos y valerosos, enfriaban las fauces del devorador de personas arrojando agua desde lo alto, limpiando el fango de las calzadas o dando de comer a cuantos descansaban en retaguardia.

A pesar de todo eso no era apocado el dragón. Les dejaba hacer, acercando la batalla lo máximo para así romper sus defensas, menguar tan alta confianza. Batía sus alas con fuerza el bicho, levantando alto el vuelo y escupiendo todo el fuego que llevaba en las entrañas y dejando un rastro de cenizas con cada exhalación.

Cada una de las veces que el monstruo sopló pareciese que lucharan contra miles. Contra millones de esas bestias.

Se fueron muchos ese día, pero lo hicieron peleando con agallas. ¿Existe otro modo, acaso, de ganar en la batalla? No lo cree así don Gabriel, abuelo del ahora. Cuenta cuentos a su nieto, sentado este sobre las maltrechas rodillas que dejaron otras guerras.

—¿Luchaban como lo hacen papá y mamá?

—Bueno, de forma parecida. Ahora el dragón no se ve, pero se siente igual.

—Y no podemos ayudarles —dice el niño.

—Quedándonos aquí ya lo hacemos.

El niño sonríe y se levanta de un salto de las piernas de su abuelo. Corre a su cuarto, se ata una capa al cuello y blande su espada de luz, imitando la pose de los valerosos guerreros imaginados.

—¡Allá voy, papis! —grita el niño, envalentonado, corriendo sin descanso por la casa un día más.

El abuelo ríe como nunca, pensando que tal vez, en algún lugar de la clínica de la que llevan semanas sin salir, los padres del niño también se imaginan luchando sin descanso contra un dragón rojo de grandes alas sobre la espalda y cuerpo redondeado, que llegó de la nada e intentó, sin éxito, doblegar a cualquiera que viva en el reino de todos.

FIN

Relato participante en el concurso de historias sobre Nuestros Héroes de Zenda.

#NuestrosHéroes.

Imagen destacada: Augusto Ferrer-Dalmau.

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