Relatos

En tu lecho de muerte

El viento se colará entre las ramas de los pinos con un alargado silbido que bien podría pasar por una melodía de otro mundo. Te limpiarás las gotas de sudor de la frente, pero seguirás a lo tuyo. Nada de lo que escuches, de lo que ella te diga, te detendrá. Repetirás una y mil veces que todo habrá sido por su bien, que tienes que evitarle cualquier otro final diferente. 

Cuando las primeras paladas de tierra caigan sobre la caja de madera, el olor a tierra mojada invadirá el interior del ataúd. En ese momento ella gritará más que en ningún otro momento. Quizá sientas miedo y quieras dar marcha atrás, pero ya será demasiado tarde. No lo entenderá. La vas a escuchar lamentarse por todo. La vas a escuchar llorar. Dará patadas y golpes con las manos; arañará la madera hasta que todas sus uñas se rompan.

Estás acostumbrado a esto, no es la primera vez. Aun así, puede que sientas frío y tengas ganas de vomitar. No te angusties, es culpa de la adrenalina. Por tu cabeza comenzarán a aparecer imágenes de sus dedos destrozados y envueltos en sangre. De sus ojos fuera de las órbitas cuando se quede sin oxígeno. De todo su miedo y dolor.

En algún momento te llamará por tu nombre, querrá que sientas algo de empatía por ella, que de ese modo sientas que le haces algo malo a una persona que quieres y conoces. Su objetivo será que tengas remordimientos. Puede que pienses que habría sido mejor darle un golpe en la cabeza con la pala para no escucharla, y quizá deberías haberlo hecho, pero en ese momento ya habrás enterrado la mitad de la caja y no deberías parar, eso te pondría a ti en peligro. Si la sacas de ahí y la ves medio moribunda te echarás para atrás y ya no podrás acabar con ella. Y es necesario que lo hagas, que la mates y la entierres en lo más profundo del suelo. Ella no es buena para ti, como tampoco lo fueron las otras.

Va a estar sola y a sentir miedo, pero no te preocupes, tarde o temprano todo acabará.

Ella nunca ha sido considerada contigo. Eres su juguete, un maldito objeto que utiliza a su antojo. Te deja solo la mayoría de las noches con cualquier excusa. No te valora. Se duerme viendo la televisión y no tienes a nadie a tu lado cuando decides marcharte a la cama. Es como todas.

Silencio.

Abres los ojos y todo a tu alrededor te resulta confuso. La cabeza te da vueltas y apenas consigues ser consciente de lo que ocurre. El olor, el reducido espacio en donde te encuentras, hace que tus pulsaciones se aceleren sin remedio. Jadeas, mueves tus manos dentro del pequeño espacio y das patadas, pero apenas queda espacio para encoger unos centímetros las piernas. Por un momento crees caer en la cuenta de lo que ocurre: el helado. Tuvo que ser eso. Nunca es tan cariñosa contigo. Esa insistencia en preparar helado para los dos no era normal. Debiste haber caído en la cuenta de que todo esto era un plan premeditado para acabar contigo.

Escuchas las paladas de tierra caer sobre el ataúd de madera donde te ha metido. Das golpes más fuertes. Gritas. La llamas por su nombre, pero no se detiene. Te está enterrando en vida. 

Puede que encontrase alguno de los escritos que guardas entre los libros de la estantería del despacho. Esa manía tuya de escribir todo cuanto tienes pensado hacer. 

El hedor de la tierra húmeda se filtra entre las tablas de madera junto al polvo más fino. Cada nueva palada el sonido se atenúa. Ya casi no eres capaz de escuchar nada del exterior, ni el viento danzando entre las copas de los árboles, ni el sonido de la pala cada vez que recoge tierra o tu malévola sonrisa mientras termina su cometido. Lo único que ahora escuchas es el sonido de tu propio corazón, desbocado y a punto del colapso. Ella no ha dudado una sola vez. No es como tú. Ha echado palada tras palada hasta enterrarte entero.

Va a acabar contigo. Ya está hecho.

El ataúd se habrá perdido para siempre en el jardín trasero de tu casa, junto a todo ese montón de mujeres con las que acabaste. Metido en un fosa que tú mismo abriste cuando empezaste a enterrar a esas mujeres que no fueron capaces de entender tu cometido en sus vidas.

Es el fin.

Es tu fin.

Se te acelera la respiración y te mareas. Las lágrimas que empapan tus ojos se mezclan con el polvo de la cara y del cuello. El sudor te cae desde la frente hasta acabar convertido en un gotero constante que va a desembocar contra la madera de tu ataúd. De tu cama. De tu lecho de muerte.

Silencio.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

18 – Inventa una historia de terror en segunda persona en el que el/la protagonista sea un asesino/a, y justifica su condición.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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