Relatos

Entrega programada

Mientras el viento arremolinaba las hojas de los árboles —alcornoques en su mayor parte—, chaparros jóvenes aunque bien resueltos, Sabina se entretenía revisando el contenido de sus redes sociales en el teléfono móvil. Estaba tirada sobre el césped, con la caricia calmada que ofrecía la hierba sobre la parte de piel que tenía al descubierto. Llevaba puesto el veraniego vestido que le había regalado Jonás varios días atrás, por su cumpleaños, entre risas, caricias, besos y una de las noches más especiales que ha tenido en su vida. 

Ahora, sin embargo, todo era diferente. Jonás había cambiado con ella de la noche a la mañana. Pasó de ser el novio ideal a convertirse en alguien que apenas reconocía. Siempre había tenido carácter, eso es algo que ella ya sabía, contaba con ello, pero lo de estos últimos días no era normal. Desde que había aparecido en escena el nuevo compañero que le habían puesto, sus celos se habían intensificado sobremanera. Da igual lo mucho que ella le explicase que le había dejado claro al nuevo que tenía novio, Jonás decía que estaba todo el día detrás de ella.

Entremezclado con el piar continuo de los pájaros, el sonido de una videollamada oculta cambió de color la pantalla y la intensidad de la luz.

Aunque dudosa, Sabina aceptó la videollamada.

A pesar de la escasa luz, el movimiento tembloroso de la imagen y los nervios, desde el primer instante la toma ofrecida le resultó familiar. La persona que llevaba el teléfono se paseaba por un pasillo oscuro y largo. A ambos lados se apreciaban varias puertas cerradas, blancas, con manivelas metálicas que brillaban al recibir la brillante luz del flash de la cámara o el haz de una pequeña linterna.

—¿Hola? ¿Quién eres?

Sabina pronunció las palabras como quien recita un poema de Lorca por primera vez. Tenía los ojos muy abiertos y apenas pestañeaba, interesada en el caminar de la persona que conducía el vídeo. En un momento dado, tras poner la persona la mano sobre el pomo de una de las puertas, La chica lo entendió al instante. Relajó el cuerpo de nuevo y una alargada sonrisa se dibujó en sus labios.

—He estado otras veces en tu casa, Jonás. Sé que eres tú.

La imagen del vídeo se movió de lado a lado, como una contestación negativa a la afirmación de la chica.

Entonces la puerta de la habitación se abrió. La oscuridad convertía la estancia en una cueva profunda, sin un final a la vista. Se podían ver unos pies desnudos reposados sobre la parte visible del colchón. Estaban inmóviles. 

El cuerpo de ella volvió a tensarse, a estirarse. Se le arrugó la frente y las manos, sudorosas, pringaban la funda de silicona con la que protegía el teléfono. 

—¿Jonás?

Otra negativa.

La imagen se movió en dirección al interior de la habitación. La luz ampliaba la imagen, y dejaba al descubierto una parte más grande y reconocible de la habitación, así como una parte más amplia del cuerpo de persona tumbada en la cama. La cámara iba y venía a su antojo, un paseo por la habitación de Jonás de lo más inquietante. Del fondo, una mancha blanca bajo las cortinas rompía con lo sombrío del entorno. La luz se colaba por ese minúsculo espacio y pintaba de blanco el suelo. Al acercarse a ella, los pies de la persona tras la cámara se iluminaron. Llevaba puestas unas deportivas viejas, de un color oscuro, azules o negras. Estaban descuidadas y con un agujero en ambas punteras.

Una de las manos que conducían el vídeo agarraron con fuerza la cortina y tiraron de ella. La imagen acabó convertida en un borrón blanco, persistente, una mancha de varios segundos que hicieron que Sabina apartara un instante la vista de la pantalla. Cuando regresó a ella, la imagen era bien distinta. Tumbado sobre la cama, de medio lado, el cuerpo de Jonás reposaba con tranquilidad.

La sorpresa de Sabina era mayúscula. 

—¿Qué intentas, Jonás? Porque no me hace ni puta gracia.

Un dedo tras la cámara señaló hacia la cama. Ahora todo estaba lleno de colores, pintado con claridad gracias a la luz que se colaba por la ventana sin la cortina. Al fijarse, al mirar hacia donde señalaba el dedo acusador, Sabina comprendió lo que ocurría. Los labios de la chica comenzaron a temblar, y sus dedos, pequeños y húmedos, con la blancura que deja el sudor después de un rato, se empeñaban en ampliar la imagen o acercarse aún más, hasta la misma cama, hasta ver la cara de Jonás. 

Pero no había cara, ni cabeza.

El cuerpo del jóven reposaba sobre el colchón. La única prenda que cubría su cuerpo eran unos calzoncillos ajustados, de licra, de color claro y con la marca a la altura de la cintura. El cuello, seccionado y ensangrentado, parecía reposar sobre su brazo derecho, manchado de sangre y algo amoratado. 

Sabina soltó el teléfono móvil sobre la hierba y se llevó las manos a la cara después de soltar un grito aterrador. Gritaba y gritaba, consiguiendo que la demás gente que paseaba por el parque a esas horas la mirase desconfiada. 

Un repartidor, con uniforme y todo, se acercó hasta la mujer por la espalda.

—¿Sabina Ferrara?

La muchacha se secó las lágrimas de los ojos y se dio la vuelta, sorprendida.

Afirmó con la cabeza.

—Tengo un paquete para usted.

Los ojos de ella se abrieron como las puertas del cielo, de par en par, y su boca parecía un colador.

—¿Para mí?

—Así es —dijo el repartidor al mirar la etiqueta—. Sabina Ferrara, parque Industrial, explanada bajo los chaparros sin número.

Sabina cogió la caja sin tener claro el contenido del paquete, con la duda de la elección de la ubicación para la entrega aún de paseo en su cabeza. Agitó la caja con cuidado. Tenía un tamaño considerado, pero el contenido no ocupaba todo el interior y rebotaba contra los laterales del cartón.

—Tenga cuidado, lleva la etiqueta de muy frágil. ¿Me firma aquí?

Sabina vio como el repartidor se alejaba por el camino del parque y se perdía tras los kioscos de helados. Miró un instante la caja antes de poner los dedos sobre una carta pegada en la parte de arriba, cerrada con cinta de embalar.

Abrió la caja y leyó la pequeña nota que había dentro:

«Ha perdido la cabeza por ti».

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

29 – Crea un relato en el que alguien recibe una videollamada sospechosa.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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