Relatos

Estrella fugaz

Hay una estrella que brilla más que las demás en Navidad. Desde allí, Benji Otto revisaba el mundo que le había tocado vigilar. Lo hacía con prismáticos de visión a color, pues sabe bien el lector que los cuidadores de mundos tan solo son capaces de observar en una escala de grises peculiar, con el tono de las tormentas. Se dice que así, de ese modo, es más sencillo cazar tempestades o los días tristes que ahogan por completo los mundos necesitados de vigilancia.
Desde niño le habían enseñado que siempre es mejor empezar por los lugares más llenos de seres vivos, con rapidez en sus andares y la mirada depositada en el suelo. Sin la calma necesaria para un vaso de caldo caliente o un abrazo a tiempo.
Hasta ese momento había avistado ese mundo bajo la tutela del instructor, pero hacerlo en solitario era algo bien distinto, con peculiaridades con las que todavía no parecía familiarizado del todo.
Tras el titubeo que debe tener todo observador en su primera vez, Benji lo revisó todo de uno a otro lado, con la calma que precisan los trabajos bien hechos, con la mirada puesta en todo y en todos.
No se sabe por qué —y ustedes tampoco tendrían por qué saberlo, pues aún no ha sido dicho—, el recién iniciado se decantó por detenerse en un preciso lugar de un lugar mayor de color azul y envuelto de mar, de vida; y de ahí a ese rincón con poca luz y provisto de la tristeza justa, ni más ni menos. Aunque bien podría haber elegido cualquier otro sitio, ya saben ustedes que de tristezas andan en esos mundos sobrados—.
Pues miren que fue ese y no otro.
Allí, en ese lugar por el que se había decidido, descubrió la presencia de un ser que caminaba a cuatro patas cuando caminaba, pero que ahora se refugiaba bajo la tapa redonda de un cubo utilizado para los deshechos y con el que se protegía de la fina lluvia que caía desde el cielo y que mojaba todo en esa parte del mundo, que no en todas.
En un momento preciso, Benji Otto ajustó la mira de su aparato de visión para acercarse más al ser y sentir de cerca cuanto pudiese necesitar.
En una etiqueta que llevaba al cuello el ser pequeño y de pelo lacio, de hocico puntiagudo y grandes ojos claros, tenía unas letras escritas en un idioma que el vigilante se vio obligado a aprender desde bien pequeño:
—Hache… i… ele… o…
Movió la cabeza a un lado y sonrió como solo lo hacen estos seres: con la boca abierta, el rojo en las mejillas y un brillo especial en la mirada.
—Hilo. ¿Será ese el nombre que te pusieron al nacer?
Un sonido agudo y al que el cuidador llamó ladrido sin saber por qué, salió de la boca del ser de cuatro patas en ese instante.
—Pues sí. Hilo.

Tras varios días observando desde las alturas al ser de los ladridos, descubrió cosas como que el lazo rojo que llevaba anudado al cuello y con las palabras Feliz Navidad pintadas en blanco parecía molestarle. O hacerle cosquillas. Eso son cosas difíciles de apreciar desde tanta distancia. Y el cuidador todavía no lo tenía todo claro para decidirse a intervenir y bajar para ponerse a la misma altura del animal. Del mismo modo, supo que la bípeda de edad avanzada que se refugiaba del frío en el número veintitrés de la calle Constanza, en el primero de la izquierda, todas las mañanas le bajaba un cuenco con leche caliente que el animal joven se bebía del tirón. Que el olor a comida que desprendía el restaurante de la calle de enfrente le atraía los mediodías. Y que, en las noches, cuando es más difícil verlo todo a pie de calle, el joven ser de cuatro patas aullaba de dolor o miedo, refugiado bajo la tapa de los deshechos unos días y, otros, arrinconado entre bolsas negras o muebles viejos.
La juventud y la falta de destreza en un trabajo son factores determinantes a la hora de tomar decisiones. O de no tomarlas. Una mañana, tras su revisión matutina, Benji Otto se levantó de su mirador sin saber bien qué hacer. Se volvió como loco y recorrió la estrella fugaz con el paso y el corazón acelerado.
—¡Ya no está! —gritó.
Agarró de un hombro a su instructor y repitió entre jadeos:
—Ya no está, instructor.
—¿Y sería posible disponer de más datos? Es improbable que pueda ofrecerte mi ayuda tan solo con eso.
—Al animal de cuatro patas.
El instructor se llevó una mano al mentón, pensativo, y luego se sentó en uno de los miradores de ese lado de la estrella.
—¿Puedes enseñármelo?
El joven cuidador asintió. Cogió uno de los prismáticos y revisó los mundos que flotaban bajo sus pies hasta dar con el exacto. Apuró la mira y la acercó hasta el rincón triste y gris donde se había encontrado con el ser de cuatro patas y cabello lacio.
—Allí —dijo, con un dedo señalando el lugar—. Fue allí.
El instructor cogió el artilugio de visión y miró.
Tras un instante movió la cabeza de manera afirmativa antes de hablar:
—¿Dónde está el lazo?
—El ser lo llevaba al cuello.
—Típico. Era un regalo de Navidad que acabó siendo una molestia.
—Pero…
—Poco podemos hacer nosotros. Son cosas habituales en ese mundo de seres inteligentes.
—¡Eso es horrible!
—Así es. Y no solo lo hacen los animales pequeños, que, por cierto, les pusimos de nombre perros; lo hacen con los seres mayores de su misma especie, cuando ya no se valen y dan trabajo.
—¡Es lo más espantoso que he visto nunca!
—Sí, y para eso estamos nosotros aquí.
El joven aprendiz llenó de luz la estrella con su sonrisa y abrazó al instructor.
—¿Qué haremos entonces? —preguntó tras soltar al instructor.
—Lo único que podemos hacer desde aquí, algo que ellos son incapaces de hacer: sentir por los demás.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

1 – Inventa un cuento que suceda en las estrellas.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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