Relatos

LA CLARIDAD DEL VIENTO

—La claridad del viento.
—¿La claridad del viento? —respondí contrariado.
—Si. Eso es lo que necesito —me dijo.
—A ver, explícame eso —pregunté con una sonrisa curiosa.
—Es muy sencillo, hijo. ¿Sabes estos días que me escapaba a la playa con los primeros rayos de sol? —Asentí con la cabeza—. Aprovechaba esas horas para disfrutar de la desertización humana que existe al alba. Tener esa necesaria soledad que me era imposible encontrar en ningún otro sitio ni momento; y tan necesaria en algunas ocasiones. Cuando me quitaba la camiseta y podía sentir la brisa agarrándose con suavidad a la piel de mi pecho. Cuando me descalzaba y, la arena en la orilla, empujada por la marea, se colaba entre mis dedos. Cuando me adentraba en el agua, dejando que me bañara por completo, que regara todos mis pensamientos. Respirar esa brisa nuestra que estés donde estés te mete dentro el olor a mar.

¡Eso es la claridad del viento!
Hizo una larga pausa que no me atreví a interrumpir. Me quedé absorto por completo en la imagen de cada una de las frases que salieron de su boca. Jamás le escuché hablar así, con tanta vida.
—Es la claridad con la que el viento hace florecer todos los sentidos —continuó diciendo—. Un estado físico, mental y espiritual, imposible de hallar en otro momento de la vida; por lo menos no de la manera que llevamos nuestras vidas ahora. He sido capaz de sentir más, de oler más y de ver más.
Esa tarde, un último viento recorrió su cuerpo. Pensé de nuevo en las palabras que me dijo esa misma mañana. Pensé, que ahora no había ninguna maldita claridad en el viento ni por ningún otro lado. Hubo, en cambio, una última bocanada de vida que se le escapó. Libre. Silbando burlesca mientras pasaba entre sus labios. Un último aire oscuro, casi tétrico, que se marchó veloz y sin mirar atrás.
Casi a diario, aprovechando los primeros rayos de sol y, cuando ya la soledad se convertía en una molesta caricia, regresaba a él. Lo hacía sentado sobre la arena de su playa, recordando cada una de las palabras que me dijo en aquella cama de hospital.
Durante años, dejé que la brisa agarrara con suavidad mi pecho. Que la arena de la orilla, impulsada por la marea, se colara entre mis dedos descalzos. Dejaba que el agua regara mis pensamientos y me llenara por completo de olor a mar.
Fui incapaz de ver la claridad del viento.
Hasta hoy.

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