Relatos

La confianza de Sanuä

Sanuä Misunä se levantó aquella mañana con la alegría al mínimo. Se inyectó veinticinco miligramos de suero de la felicidad —lo máximo que se le permitía por cuarto menguante y se marchó en busca del tipo que había vigilado los últimos días.

Para una antigua R-22 de doble transformación, estar en tierra era todo un reto. Estos robots humanoides se crearon en el siglo XXVI, antes de la subida de la marea que dejó gran parte del planeta bajo el agua. Su cometido era ser nuestros ojos en el fondo del mar en caso de que llegara el momento de que las aguas tomaran la mayoría de la tierra, tal como se había vaticinado. Convertidas en delfines, con gran inteligencia artificial y capaces de tomar un elevado número de decisiones propias, el R-22 era un ser especial. Sin embargo, una vez fuera del agua y transformado en humanoide, su estado mental se volvía el propio de la raza, apática y llena de una tristeza y odio sin igual.

Ahora que su cometido ya no era necesario, la mayoría de ellas seguían viviendo en el mar, pero su programación las obligaba a volver a tierra firme durante las estaciones cálidas. Muchas habían intentado acceder a programadores piratas para que les cambiaran la placa interna para no verse obligadas a mutar. En la vida bajo el agua era donde estos robots se sentían mejor, sin tener que mediar con los humanos.

Sanuä se colocó la chaqueta de cuero negro que reposaba sobre una silla del pasillo de la habitación que tenía alquilada junto a los muelles y se miró en el espejo de la entrada. Las aletas era lo primero que se había transformado en brazos y piernas. Lo hacía cuando aún estaba dentro del agua, la señal inequívoca de que debía salir a la superficie. Aún tenía el morro algo alargado, y le costaba no silbar mientras hablaba. Sabía que en cuestión de días el cambio sería completo, que lo único que permanecería igual sería el espiráculo por el que respirar, en la parte trasera de la cabeza.

Abrió la puerta y bajó a toda prisa las escaleras.

Había averiguado muchas cosas sobre el especialista. Se decía que era el único que sabía el modo de evitar la transformación para siempre, algo que nadie había conseguido. Sanuä tenía miedo de que ese conocimiento cayera en manos equivocadas. Se apostó en la esquina que daba al muelle principal de carga y esperó paciente la llegada de los barcos.

Era un hombre fuerte, con barba, de ojos claros. Atractivo hasta para una R-22. En cuanto lo vio bajar del barco fue a por él, sin pensarlo más. Se a su espalda, a una decena de pasos y lo siguió hasta uno de los callejones más denigrantes del puerto, donde burdeles tomados por modernos robots sexuales y bares para drogadictos llenaban los locales del lugar.

Antes de que el hombre entrara en uno de esos sitios, Sanuä le puso una mano en el hombre y el tipo se paró de golpe, pero no se dio la vuelta.

—Ya era hora de que te decidieras a abordarme. Hasta para una R-22 es una decisión que has tardado mucho en plantear.

Finalmente se dio la vuelta y la miró a los ojos grises y brillantes de Sanuä.

—Te faltan unos días para terminar la transformación —dijo el hombre. Le pasó una mano por el morro alargado y sonrió—. ¿Qué nombre has adoptado?

—Sanuä

—También tienes el silbido en la voz. Pero ya puede hacerse.

—Aún no te he dicho lo que quería.

—¿Una R-22 me lleva siguiendo desde hace días y necesito que me diga lo que quiere? Buscas lo que todas.

El hombre abrió la puerta del local, repleto de marinos sedientos de todo y se adentró en él. Al comprobar que la humanoide no le seguía se dio la vuelta.

—¿Piensas quedarte ahí?

Ella miró el interior con recelo.

—Tranquila, no te van a hacer nada. Saben que las R-22 no fueron creadas para el sexo. No sois muy buenas.

Con una burla en la cara el hombre se acercó a Sanuä y la cogió de la mano.

—No tengas miedo.

El hombre tenía una habitación alquilada en la segunda planta del local de sexo. Era una estancia pequeña, con una cama al fondo de la habitación, bajo una pequeña ventana que daba al exterior, y con un equipo de control en otra de las paredes.

—Es un buen equipo —dijo Sanuä al verlo—. Caro.

—Lo sé. ¿Conoces los equipos de programación?

—He visto algunos.

—Solo con uno de estos es posible cambiar vuestra placa. Es antigua, necesita una programación adicional que ya no se hace. En este modelo, al ser programable, he conseguido implementar el lenguaje que he creado para vosotras.

El hombre destapó la máquina y observó cómo la R-22 se acercaba con curiosidad a la plataforma de programación y le pasaba los dedos con cuidado.

—Tranquila, no te morderá —dijo el hombre con otra mueca—. Además, si te muerde la tiramos y robamos otra.

Una carcajada acompañó al hombre mientras sacaba dos sillas plegables de un armario y le ofrecía una a ella.

—Tienes que sentarte, tardaremos un rato.

—¿Por qué lo haces?

—Buena pregunta. ¿Por qué no?

—No tengo dinero para pagar esto. Seguro cuesta mucho.

—No es un tema de dinero, Sanuä. El dinero lo consigo con mi trabajo. Es un tema moral. Trabajaba en BioAmazonTech en el momento que decidieron hacer unos robots que nos sirvieran cuando el mundo se fuera a la mierda por la subida de las mareas. Luego, cuando todo volvió a ser medianamente normal y pudimos volver a convivir en los pequeños espacios de tierra que quedaron descubiertos, se decidió que no había espacio suficiente para todos. Primero se acabó con cada humano que no cumplía ciertas normas, y después nos deshicimos de los robots humanoides de más inteligencia, por si acaso. A vosotros, los R-22, os pescamos en nuestras salidas en barco y os aniquilamos ahora que ya no hacéis falta. De humanos es difícil reconoceros si la transformación es completa. Sois inteligentes, ágiles y os camufláis bien.

Tras una pausa del hombre, mientras enciende la máquina y comienza a introducir unos códigos a toda velocidad en un pequeño teclado que ha conectado a la plataforma, la mujer humanoide lo mira con cierto respeto.

—¿Me permites? —dice el hombre acompañado de un gesto con la mano.

La R-22 se descubre uno de los brazos y lo acerca despacio al hombre.

—No tengas miedo, no te vas a enterar.

—¿Cuántas transformaciones has conseguido?

—Tú serás la primera.

Sanuä hace ademán de retirar el brazo, pero él la agarra con fuerza y no se lo permite.

—Tranquila, confía en mí.

Destapó aún más el brazo de la mujer y le cortó la piel con un cuchillo fino.

—Digamos que sois algo vergonzosos. Eres la primera que se ha atrevido a venir a mí.

Ella lo mira a los ojos mientras el hombre mete un código en un panel digital que ha aparecido bajo la piel.

—¿Me convertiré ahora mismo?

El hombre negó con la cabeza. 

—Tranquila, hoy seguirás siendo humana. Quizá mañana o en un par de días. No lo sé con certeza.

—¿Qué hago entonces? Debo saber cuándo ocurrirá.

—No seas tan ansiosa, Sanuä. Tú quédate cerca del agua y cuando sientas su llamada, pues te metes en ella.

—El mar siempre me llama.

Él la mira y sonríe.

—¿Qué hay ahí abajo que lo hace tan especial?

La humanoide hace un gesto con el cuello.

—Todo lo que no hay aquí arriba.

Asiente el hombre.

—¿Preparada?

—Sí.

Entonces conecta un cable al programador de la R-22 y todo se vuelve oscuridad para ella.

El aroma de la sal lo cubría todo. Se había apoderado de sus ropas y de todo lo que la rodeaba. Sanuä sabía que el momento era ahora. Tenía una transformación espontánea gracias a los cambios que ese hombre le había hecho hacía tan solo dos días. Desde entonces no había vuelto a verlo, aunque tenía la sensación de que estaba cerca y lo observaba todo.

Sanuä acercó los pies al agua, se terminó de desnudar y al momento sus extremidades se convirtieron en potentes aletas con las que se ayudó para sumergirse bajo las aguas de la bahía. 

Convertida ahora en una hermosa delfín, Sanuä nadó sin descanso, empeñada en llegar lo antes posible con su clan, donde muchas como ella formaban una enorme colonia en el fondo del mar. Ahora podría decirles que ese hombre las ayudaría. Convertiría al resto para que no tuvieran que regresar nunca más a la superficie.

—¡Sanuä! —gritó una delfín joven nada más verla.

Ella, con su sonrisa característica y el morro abierto para saludarla, nadó alrededor de la joven Yanaä, una de las creadas con forma de niña joven.

Cuando los crearon, ciento cincuenta años atrás, se les ocurrió hacerlos de diferentes maneras. Todas hembras, pero con distintas edades y perfiles de inteligencia y edad. Se creía que así las conclusiones de una podían diferir de las de otras por su edad o por sus características aprendidas por la Inteligencia Artificial que se había programado en ellas.

—¿Cómo es posible que estés ya aquí, Sanuä? Te fuiste hace solo unos días.

—Yanaä, creo que lo hemos conseguido.

—¿De verdad? ¿Lo has encontrado?

Sanuä asintió y una enorme sonrisa se dibujó en su alargado morro plateado.

—Tenemos que decírselo a las demás.

Un gran número de delfines R-22 daban vueltas alrededor de un gran barco de guerra hundido a no mucha profundidad, de ese modo les era fácil salir a respirar cada poco tiempo.

—¿Y estás segura de que ese hombre nos ayudará? —dice una de ellas.

—Lo hizo conmigo.

—Todavía no sabes lo que te ha hecho. Si tendrás que volver a subir a la superficie o no. No sabemos nada con seguridad.

—Pero he tenido una transformación espontánea y rápida. Algo ha ocurrido. Y tengo esa sensación que me dice que todo va a ir bien esta vez.

—Siempre hemos tenido esa sensación. Es el deseo de todas de seguir aquí abajo para siempre, Sanuä.

En un momento dado, la joven delfín Yanaä dio un fuerte silbido alertando a las demás. Todas nadaron hacia lugar desde donde provenía la voz. Un delfín macho intentaba someter a la joven. Sanuä nadó en su ayuda y golpeó al macho con el morro en un costado. Los ojos de este se volvieron luminosos y, de debajo de una de las aletas, salió un brazo humano que se estiró bajo el mar para pedirle a la R-22 que no volviera a golpearlo.

—¡Para!

Sorprendida por esa voz que reconocía a la perfección, Sanuä no volvió a golpear al delfín.

—Soy yo.

—¿Tú? Eres un…

—Uno de los vuestros.

—Pero eres…

—Sí, macho.

—Eso es imposible.

El delfín macho lo negó.

—Hay muchas cosas que todavía no sabéis. Se han hecho más cosas de las que imaginas.

—¿Cómo no te reconocí como un igual? ¿Y por qué has venido hasta aquí? ¿Nos ayudarás?

Asintió él.

—Pero paso a paso. Son muchas preguntas. Pero te diré que deseo que esto acabe de una vez.

Ya más tranquilos, En un nado relajado para enseñarle todo el espacio que ocupaban allí abajo, Sanuä le contaba todo cuanto había pasado mientras estaban ahí abajo. Le hablaba de la tranquilidad debajo del mar, de cómo los demás animales marinos se habían acostumbrado a tenerlas con ellos. Ahí abajo nadie odiaba a nadie. Los depredadores más grandes sabían que no eran comida, y los más pequeños tampoco las reconocían como depredadores, se dieron cuenta rápido que ellas no necesitaban comer.

—¿Cuánto conseguís vivir sin mantenimiento? —preguntó él sorprendido. Aunque se hizo un buen trabajo con vosotras, la sal del mar acaba con todo.

—No mucho, la verdad. Bastante menos del que llevamos en nuestra programación. Sin embargo, aprovechamos nuestra obligatoria transformación en humanoides para hacer un mantenimiento en la tierra.

Asiente el macho y sonríe.

—Sois muy listas.

Ahora sonríe ella.

—Siempre ocupáis esta zona.

—Sí. Llevamos bastante tiempo aquí. Al principio cambiábamos de sitio continuamente, pero nos dimos cuenta que aquí, tan cerca de la superficie y de los muelles no nos buscarían.

—Pero ¿no tenéis miedo que al salir a respirar os pueda ver algún barco?

—No fondean de este lado. Los arrecifes y los cambios continuos en las mareas los podrían hacer encallar. No se arriesgarán a eso. Los humanos siempre prefieren la tierra firme. Sentirse seguros mientras caminan. Y no se les da bien eso de nadar.

Él asiente divertido.

—Por cierto, ¿cómo has sacado un brazo humano?

—Es una transformación a medias, Sanuä. Aún no es completa. Soy una especie algo diferente a vosotras, a las originales. Mi programación es más complicada.

—¿Pero continuarás siendo delfín?

No contestó a la pregunta, pero ella sabía la respuesta.

—Debo volver. Desde aquí dentro no podré ayudaros. en pocos días las demás se transformarán y deberán salir a la superficie. Que me busquen y las ayudaré para que vuelvan aquí para siempre.

Y eso es lo que hicieron. Confiaron en aquél ser y en cuanto volvió la época cálida, poco a poco, las R-22 regresaron a la superficie convencidas de que ese desconocido las ayudaría a todas, al igual que hizo con Sanuä.

Pero los días pasaron y ninguna de ellas regresó al agua. Impaciente por la tardanza y la soledad que sentía en el fondo del mar, Sanuä decidió acercarse a la zona de los muelles. Intentó estar lo suficiente cerca para poder ver si ocurría algo extraño. Se colocaba bajo las planchas de madera para poder salir a respirar sin ser vista, pero el ruido que provocaba el aleteo y la fuerza con la que debía expulsar el aire y coger oxígeno de nuevo, alertaron a los pescadores y vendedores del lugar. Fueron muchos los que prestaron a su captura, que no tardó en completarse.

La colgaron de una gran grúa por la cola, mientras muchos de esos hombres se acercaban y tocaban al animal. Otros bromeaban con trocearlo para la cena. No tardaron mucho en darse cuenta que ese delfín no era un mamífero normal, de esos apenas quedaban ya en el mundo, los seres humanos se habían encargado ya de ellos.

—¡Es un R-22! —gritó uno de los hombres más mayores del lugar.

Asustados, la mayoría se apartó del ser que colgaba de la grúa. Sus aletas habían comenzado a transformarse en brazos y piernas, y su rostro, alargado aún, comenzaba a adoptar forma de mujer. Sus ojos, mortecinos, perdían el brillo que habían tenido hasta ese momento. Antes de secarse para siempre, Sanuä consiguió reconocer al hombre que había prometido ayudarlas entre la multitud. Se acercó hasta la R-22, le acarició el morro, todavía alargado y le susurró al oído:

—Deberíais haber perdido la capacidad de confiar.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

12 – Tu protagonista es una delfina humanoide que pasa la mitad del relato en tierra y la otra mitad en el mar.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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