Relatos

Las reglas del juego

La ciudad de Johannesburgo se mostraba como una esposa infiel: tardía, ausente; tan llena de cielos y de infiernos que a duras penas era comprendida. En el centro, entre todo y nada, un colegio privado, mixto, reposaba a medio camino entre el elitismo inglés de mediados del siglo pasado y una modernidad tan temida como imposible.

El Helpmekaar Kollege se abría paso entre las calles Empire y Melle. Desde el exterior se mostraba amplio y majestuoso, con un aire soberbio capaz de todo. Sin ningún atisbo de duda. Todas las zonas de alrededor permanecían iluminadas durante la noche. Daba esa sensación de ciudad despierta; sin embargo, a menudo dormía más de lo debido.

Una noche cualquiera, de esas en las que la luna está a medio hacer o deshacer, con una luz en el cielo a medias, dos hombres hablaban con la única compañía del sonido distante de una ciudad con demasiadas heridas que curar. Uno de ellos tenía el cuerpo reposado contra uno de los palos verticales de la línea de gol del campo de rugby, la más occidental, con la vista puesta en la rapidez de cualquier destello ofrecido por la avenida Jan Smuts. Esperaba distraído y se fumaba con calma un cigarrillo rubio, nada que ver con la oscuridad de su piel. El amarillo en la esclerótica de sus ojos, revisaba los dedos con los que aguantaba el cigarrillo y, muy a su pesar, preveía un daño en el hígado ya irreparable. Sin embargo, para él, ese daño iba por dentro desde hacía demasiado tiempo.

—Quizá sean muchos —dijo el tipo blanco.

El hombre negro levantó al fin la vista y dirigió la mirada al otro por segunda vez. 

La primera había ocurrido a cámara rápida. En aquél momento le dio la sensación de estar dentro de una de esas películas antiguas, ausentes de color, donde los protagonistas intentaban hacer reír a más revoluciones de las lógicas. Lo hizo mientras el hombre blanco llegaba con el paso torpe, al igual que los protagonistas de esas mismas películas. Tras arrojarle ese primer vistazo echó la mirada contra el verde del suelo, brillante, culpa de la luz artificial que emanaba de unos enormes focos y amplificada por la humedad dejada por el riego nocturno. Puntual. El hombre llegó con unos pantalones de tela amarillos a juego con un pelo rubio y distraído. No es que tuviese demasiado, pero sí el suficiente para que danzara rebelde por el viento frío y pausado que llevaba ya un rato por allí.

—Llegas tarde —le dijo entonces—. Me juego mucho.

Y creyó que no habría nada que objetar a eso.

—Al final no te habrá parecido que es tan tarde.

Después de esa segunda ojeada rápida y llena de reproches, dio una última calada al cigarrillo y lo arrojó lejos de ellos. Contuvo el aire dentro durante unos segundos, para poco después levantar la cabeza y echarlo con algo más de prisa.

—Obtendrás más beneficio —dijo el hombre negro—. Más son más billetes. Esto es muy arriesgado, no quiero tener que volver a hacerlo.

—Esto es una última vez o algo así.

—Algo así.

—No sé si eso le va a gustar mucho.

—Me importa una mierda si le gusta o no. 

—Tranquilo, Luan. No creo que te vaya bien sacar las garras ahora.

El otro cerró la boca y se apoyó de nuevo contra la «H» de anotación.

—Ya sabes que al señor Friedrich le gustas más cuando eres un león manso, sin uñas; con la boca cerrada y siendo el encargado de limpiar el césped y las aulas. De sacar la mierda.

Luan agachó la cabeza, conformado.

—¿Sabes? —dijo el hombre blanco al rato de estar los dos en silencio—, el señor Friedrich practicó durante un tiempo este deporte.

—Ya sabía.

—Sí, claro. Lo supongo. —Suspiró profundo—. Se le daba bien. Y esto también se le da bien. En realidad, todo se le da bien. Lo que no se le da tan bien es ser benévolo con quien no sabe complacerle sus peticiones o intenta pasar por encima de él.

Se pasó una mano por el pelo en un intento de mantenerlo quieto sobre la cabeza. 

—Entonces diecisiete.

Afirmó el otro. Luan.

—¿No serán sospechosas tantas becas?

—Ya está arreglado. Se les ha explicado a los padres que es un nuevo programa de intercambio. Con el dinero que se les ha dado a las familias no habrá objeciones. 

—¿Todos negros? Los blancos hacen demasiadas preguntas.

Luan afirmó con la cabeza. Apretó los labios y agachó de nuevo la cabeza.

—No te preocupes, amigo —dijo el otro hombre mientras le daba una palmada en el hombro—, piensa en todo lo que van a ganar esas familias.

—No son familias necesitadas. Algunas están acomodadas.

El otro hombre hizo un gesto ladeando la cabeza, acompañado de una mueca que se dibujó en sus labios.

—Todos vamos a ganar mucho dinero con esto. ¿No necesitas el dinero? Si quieres puedo decirle al señor Friedrich que tu parte en el negocio me la de a mí.

El otro negó y su mirada se volvió dura.

—¿Qué pasará con todos esos niños?

—No te preocupes por eso —dijo el hombre blanco. Levantó un brazo en alto y le dio la espalda a Luan—. En cuanto esos niños salgan de aquí ya no serán problema tuyo. 

La voz del hombre se perdía en la distancia.

—Preocúpate de que sean puntuales. Y no le des más vueltas.

En completa soledad, Luan revisaba que todos los aspersores del campo funcionasen a la perfección. Pensó en el hombre blanco, y pensó en todos los niños que iba a mandar con esa gente. Sabía que no eran buena gente, y que sus familias no les volverían a ver nunca más. ¿Qué podía hacer él? No había inventado las reglas de este mundo, tan solo se limitaba a jugar lo mejor que sabía. 

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

22 – Ambienta tu relato en Sudáfrica.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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