Relatos

Marisha

Su nombre era Marisa.

A Bermúdez le pareció un nombre demasiado de aquí al lado para una mujer con toda la pinta de provenir de algún país del este.

—Lleva hache intercalada.

Y parece ser que de ese modo lo aclaró todo. Ese es el verdadero poder que tienen las letras mudas en nuestro idioma, facilitar las necesidades de otras lenguas.

Ella nunca le dijo su lugar de procedencia, quizá intentaba protegerse de alguna huida apresurada o cualquier otra cosa.

Llamé a Fabio Bermúdez a primera hora de la mañana para decirle que tenía algo turbio para él. En cuanto llegó a la dirección que le envié fue Juan Jesús, el jardinero, quien le contó el resto de acontecimientos. Le presentó a la mujer y le dio todos los detalles para comenzar con la investigación. Temblaba de miedo mientras lo hacía. Luego regresó a sus quehaceres en los jardines con tanto pavor como prisa.

Una huida a tiempo bien vale una vida.

Marisha no le esperaba en la entrada como una anfitriona educada y dispuesta a colaborar, una mujer entregada a la causa, decidida a enfrentarse a las acusaciones vertidas sobre ella. Con ganas de afrontar con garantías su defensa.

No. Esperaba en la piscina, tumbada en una hamaca acolchada con pinta de costar el sueldo de muchos meses.

Me contó que era una mujer espectacular, de piernas largas y un cabello tan rubio y tan largo que no parecía de verdad. De senos duros y redondos que apenas ocultaba bajo un bikini escueto, blanco, con una tira dorada descolgada en la parte frontal y que llegaba hasta la mitad de unas abdominales bien trabajadas en el gimnasio y bronceadas en demasía. Las letras que anunciaban la marca de la prenda estaban en una placa de metal en la tira de los hombros. No le pareció que aquello fuera para nada cómodo, pero le dije que con estos ricos ya se sabía.

En cuanto le vio aparecer y acercarse hasta la tumbona se quitó las gafas de sol y le miró con los ojos encogidos y la mano por visera, como si le molestase el radiante sol de la mañana. Aunque ese día el cielo estuviese por completo encapotado. Me comentó que le echó un vistazo rápido, desde la cabeza a los pies, que esbozó una mueca burlona y volvió a recostarse en la tumbona. Al parecer tenía los ojos con el tono más verde que había visto en su vida. Eran un espectáculo visual, me dijo.

Me detalló la conversación que mantuvo con ella:

—Soy el inspector Bermúdez.

—¿Trabaja solo?

—Así es.

—Osado.

—Hasta ahora me ha ido bien así. Lo otro me parece aprovecharse del sistema. Recursos innecesarios.

—Si usted lo dice.

—¿Podría explicarme las acusaciones vertidas sobre su persona?

—Debe haber leído el informe, ¿no?

Dijo que asintió a medias.

Fabio quería que fuera ella la que le explicase la surrealista denuncia de la loca que entró en comisaría con la ropa llena de sangre y dando gritos sobre no sé qué de un insecto verde que había matado a todos en una fiesta de cumpleaños.

—Por encima.

—Ese comentario no le deja en buen lugar.

—¿A qué se refiere?

—Debería haber traído la lección aprendida, inspector Bermúdez.

—Creo que es mejor obtener la información de primera mano, ¿no le parece?

Ella volvió a levantar el cuerpo de la tumbona. Volvió a apartarse las gafas de la cara y a prestarle atención. Volvió a la mueca.

Y Regresó a todo lo anterior. A la calma de la tumbona al borde de la piscina en un día nublado de un mediodía de verano. A colocarse las gafas.

—¿Se ha creído las acusaciones?

—No. No son lógicas. Yo soy un hombre de lógica.

—Entonces ¿le parecieron absurdas?

—Surrealistas, más bien.

La mujer se quitó las gafas de nuevo y las dejó sobre una pequeña mesilla que tenía al lado. Se levantó de la tumbona y se lanzó a la piscina de cabeza. Buceó unos metros antes de sacar la cabeza. Se alisó el pelo con las manos y subió las escaleras metálicas de la piscina. Una de las aureolas del pecho asomaba por un lado del bikini. A Fabio le fue imposible evitar el contacto visual. Dijo que era igual de perfecta que ella. En ese momento la mujer se plantó frente a él y se estrujó el pelo sobre los pies. Su piel había parecía haber adoptado el tono de los ojos.

Le dije que sería por la luz en contacto con la piel húmeda.

Con una sonrisa en los labios le preguntó si le gustaría darse un baño.

—Apetecible, pero no es el momento.

Tenía que contrarrestar el ataque de Marisha con ingenio o aquella mujer lo iba a destrozar. Fabio tenía bien aprendido el oficio.

—¿Le gusta lo que ve?

—¿A qué se refiere?

La mujer bajó la cabeza a cámara lenta y se miró el pecho antes de taparlo de nuevo con delicadeza y lentitud.

El inspector se humedeció los labios con la lengua antes de volver a hablar:

—Entonces… el tema…

Ella se pellizcó la punta de la lengua con los dientes al verle balbucear y regresó a la comodidad de la tumbona con una sonrisa que le cubría toda la cara.

—Verá, inspector Bermúdez, usted parece un hombre inteligente, no solo guapo. Supongo que no habrá creído la denuncia de una persona que no parece estar en sus cabales.

Soltó una carcajada y dejó al descubierto la totalidad de unos dientes tan blancos como el bikini que llevaba puesto. Perfectos.

Él se limitó a carraspear mientras la escuchaba reír.

—Seamos sensatos, inspector. Esa mujer dijo que me follé a todos los asistentes masculinos de la fiesta. Que después, cuando les hice llegar al orgasmo y eyacular dentro de mí, me convertí en un insecto verde y les arranqué la cabeza de un mordisco y me la comí. —Negó con la cabeza—. ¿No le parece absurdo?

—Visto así… Pero, entonces, ¿dónde está toda esa gente? Nadie sabe nada de ellos desde ese día. Es normal que esas mujeres estén como locas.

La mujer volvió a ponerse en pie. Se colocó frente a él y le habló con tranquilidad y coquetería:

—Todo esto es de un absurdo total, inspector Bermúdez. Lo sabe. —Le colocó el cuello de la camisa con cuidado antes de seguir—. Por supuesto que podría haberlo hecho con todos, lo estaban deseando, pero no follo con cualquiera. Por mucha hambre que tenga.

La mujer soltó otra carcajada y dio unos pasos más hasta colocarse al borde de la salida que llevaba al exterior de la piscina.

Fabio Bermúdez se limitó a tragarse toda la saliva que había generado hasta entonces. Dijo que miró a la mujer alejarse, y que babeó, como habría hecho cualquier otro en su lugar. Parecía disculparse por ello.

—Ahora, si me disculpa, debo prepararme para comer. Me ha entrado hambre.

El inspector asintió a su espalda y se dirigió hasta la puerta del jardín.

—Me gustaría que me acompañara en el almuerzo, inspector Bermúdez. De ese modo verá que no es para tanto.

Puso de nuevo la mueca burlona.

Me llamó por teléfono y me contó todo esto. Había aceptado la invitación a comer, de ese modo podría entrar en la casa y averiguar más cosas.

Todo el departamento lo busca desde ese día.

Estoy esperando en la entrada a que me reciba la mujer. Le diré todo lo que Bermúdez me contó por teléfono. Le pediré explicaciones.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

9 – Haz una historia en la que la antagonista sea una mantis religiosa.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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