Relatos

Mi olvido

Qué extraño es todo: el humo en la calle, el apagado colorido de cada uno de los balcones flotantes, la risa tonta de ella. El ventanal a una vida afuera. Aun así, todo cuanto la muchacha pinta sobre la pantalla está puesto por algo. Nada es al azar.

En ocasiones se ve surrealista, difícil de entender; tan incomprensible e irreal, pero tan vivo que respira.

Y se daña, porque es de verdad. Sin duda que lo es.

Sus ojos me miran con un brillo especial y único. Eterno.

No me siento capaz de decir una sola palabra. Tengo sentimientos que no sé bien si acaban de llegar o lo hicieron antes, en cualquier otro momento, cuando todo dio comienzo y ella se perdía entre las hojas verdes de los árboles que nos rodean, mecidas al viento en un baile calmado y placentero. Cuando aún estaba sentada a solas esperando por mí. Incluso puede que fuese mucho antes de que yo apareciese y ella comenzara a dibujar. Antes de todo. De nosotros. Y también de mí.

Siento melancolía al ver sus dedos trasladar la magia a través de esa especie de lápiz, aunque no sé bien el motivo. Todo un sinfín de recuerdos anteriores se mezclan dentro de mi cabeza, se apoderan de todo, pero sin llevarme a nada. Momentos capaces de aflojarme las piernas, de relajarme los labios y alargarlos hasta un ayer de nuevo cercano, de aquí y de ahora. Ese «ya» actual, presente. Cualquier momento perdido al momento.

La visión de su mundo a través del cristal me relaja. Me inspira, incluso, y me obliga a intentar ser yo de nuevo, a repasar cada decisión que he tomado en mi vida. Cada instante anterior. O futuro. Un momento presente. El ahora y el «qué podría pasar» que al final solo pasa para mí.

La mezcla de colores es la más inteligente de las incertidumbres que he visto nunca. Un color sobre otro, una capa sobre la anterior, una sensación por encima de las demás. No parecen tener nada en común, pero se complementan a la perfección. Y en ello pienso en este instante, con los pies hundidos en la imaginaria gravilla del rincón que habitamos, con la mirada puesta en todo lo que hace. La claridad de los ojos que pintan sus dedos. En todo y en ella. Ella y en todo lo demás. En la búsqueda de los suyos.

Tengo sentimientos encontrados. Tristezas y nostalgias que no vienen a cuento. Alegrías a medio camino de todo.

No soy el único testigo de cuanto tiene por enseñar, que es mucho, pero sí soy el primero en desnudar la sucesión de datos que visten la obra y la llenan de vida. Lo hago con la rapidez del instante y del ahora, sin tiempo que perder, porque la vida en su dibujo digital durará lo que ella quiera. Sin preguntas. Borrar la imagen de las dos personas que resoplan frío, abrazadas bajo la luz tenue de una fila de farolas negras sería muy fácil. Una tecla. Sin adioses. Sin una mirada perdida en un permiso que no llega, de una decisión nuestra, de nadie más. Y sin embargo es ella la que pinta un instante de otros dos. De dos desconocidos que se conocen bien.

Aparta el largo cabello que le tapa uno de los ojos y suspira profundo. Su mirada se relaja, alarga el cuello, estira los entumecidos brazos antes de regresar a la pantalla. No sé el tiempo que llevo aquí, junto a ella, con la vista en su tableta digital y sus preciosos y delgados dedos. Con la sensación de cercanía. Puedo sentir el aroma que desprenderá, mezcla de flores que me trasladan a un jardín secreto donde solo estamos nosotros, con árboles por todos lados, sombras alargadas en un atardecer tan imprevisible como certero.

Pero ahora hace frío. Un frío cierto.

El erizado vello de mi brazo parece tener la necesidad de escapar de aquí, pero no conmigo. Necesita evadirse de todos los inviernos soportados, de cada nuevo frío que me acecha. De cada una de las distancias dejadas en cada persona. De la soledad en la que habito.

Una mirada de ella enciende mis mejillas. Agacho la mirada, me hundo bajo la tierra y tiemblo por dentro y por fuera. Los cobardes moran en solitarias habitaciones de puertas cerradas, con miles de historias por vivir, por sentir. En inviernos llenos de todo esto. No la conozco, y aun así siento que la necesito.

Las caricias que el sol se atrevió a darnos han desaparecido. Ya no pasan los rayos entre la copa de los árboles ni dibujan formas abstractas en el suelo, sobre sus pies. En los míos. El gris mediocre se apodera de nuestro cielo y prevé tormenta y olvido.

Ella levanta la vista y su sonrisa se transforma. Se seca las lágrimas que fluyen a la velocidad de un rayo y se levanta de la silla. Alza una mano al cielo. Su boca se ha hecho pequeña, un dibujo a medio hacer de lo que fue un instante antes. Se arrodilla a mi lado y me acaricia la mano, las marcas que hay en ella.

Se vuelve a poner en pie y me muestra el dibujo terminado. 

—Sois ella y tú —me dice—. Siempre ella y tú, abuelo.

Y de ese modo se despide de mí y de todos los demás, pero sobre todo de mí.

Por un instante siento que la imagen de la joven ya estaba antes conmigo. Un instante antes. Un recuerdo antes. Una vida antes.

O quizá no. Puede que nunca hubiese estado en mí o en mi olvido.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

23 – Crea una historia en la que aparezca una artista gráfica.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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