Relatos

Muerto a medias

Sé que la historia que les voy a contar suena —digamos— un poco disparatada. Créanme, para mí tampoco fue fácil lidiar con esta extraña situación al inicio.

Pero a ver, por dónde empezar a relatarles… Creo que lo mejor será hacerlo por el final. Bueno, el final que en realidad es el principio. Por lo menos el principio de esta nueva vida que llevo ahora.

Eran las veintidós y quince. Lo sé porque entre sueños se lo que escuché decir a la mujer que dio por concluida su jornada laboral y mi vida.

—Hora de la muerte: veintidós y quince.

Eso quiere decir que mi muerte se dató a esa hora del día veintidós del mes de Julio del año actual.

Muchos de ustedes pensarán que julio no es un buen mes para morir, que a tomar viento el verano y cosas así, pero eso da igual si al final te mueres. La muerte te jode sea el mes que sea, porque desde ese momento dejas de parecer y de padecer.

O eso creía yo.

—Señores, mi turno ha acabado y comienzo las vacaciones. Que lo bajen para la autopsia. Yo aviso a los agentes.

—¿Agentes?

Pues sí, agentes. Yo no tuve una muerte natural. En ese momento de mi vida trabajaba como investigador privado para una pequeña empresa que yo mismo fundé. Éramos pocos: yo y Acción, mi Bulldog Francés. Nos encargábamos de trabajos pequeños, ya saben: alguna mujer o marido con sospechas de infidelidad, robos de empleados en pequeñas empresas y cosas por el estilo. En los últimos meses, sin embargo, estuve envuelto en una historia algo más turbia, con aprendices de mafiosos y cosas así. En un principio no es que fuesen gente peligrosa —o eso creía yo—, pero sí gente con cierto caché en esto de la delincuencia, la extorsión y demás historias chungas.

El trabajo en cuestión me lo ofreció una tal María «la fregona». —Me contaron que el apodo se lo había puesto ella misma tras darse cuenta que su jefe solo la proponía para trabajos de limpieza—. Era una tipa con bastante mala uva que vino a verme y me habló con claridad y con un hierro de marca Magnum en la mano. Por lo visto querían dar con un tal Jonás «el pintor», un joven con la carrera de empresariales mal aprovechada y que era el encargado de limpiarles el dinero y, por lo visto, un listillo que les había dejado limpios a ellos.

Pero esta es otra historia que quizá les relate con más detalle en algún otro momento de mi vida. Por lo pronto, lo que ahora nos atañe, es el tema de mi muerte. O de mi no muerte. O de mi muerte a medias.

Ya en la sala de autopsias, mientras estaba en pelotas sobre la camilla —fría y dura como un bloque de hielo o una relación a distancia—, con una hermosa mujer de cabellos negros y ojos del tamaño de Madrid, tuve lo que en algún momento posterior pasaríamos a denominar como «el despertar». 

Sí, lo sé, muy peliculero todo, pero es que fue eso, un despertar. En el momento en el que la doctora guapa se preparaba para abrirme como se abre a los cerdos en tiempo de matanzas, abrí los ojos y lo oí y lo vi todo claro.

—Sujeto de unos treinta años, blanco y de complexión gruesa. Muerte violenta por arma de fuego.

—¿Perdona? ¿Cómo que de complexión gruesa?

Imaginaos la que se lió en ese momento. La doctora guapa se apartó de la mesa como si hubiese visto un fantasma. El escalpelo que llevaba en las manos y apuntaba hacia mi estómago acabó orquestando una aguda pieza musical contra el suelo. Ella se quedó con la vista clavada en mí y los pies incrustados en el suelo.

—Aquí hay horas de gimnasio, guapa. De complexión gruesa nada de nada. Rebobina la grabación y di las cosas como son. Atlético y con más tableta que en la fábrica de Milka.

Volví a cerrar los ojos y esperé tal rectificación.

—Y de paso podrías disculparte por la grosería.

La mujer lo dejó todo y huyó de la sala.

—¡Eh, no me dejes aquí!

No tengo claro si esto último lo escuchó o no, pero pasé un buen rato a solas en la habitación. Y hacía un frío de mil demonios. Además, la maldita mesa me iba a dejar destrozada la espalda.  Aunque ya no la sintiese. De todos modos pondré un queja cuando esto pase.

Al cabo de un rato —ya os digo que no sé con exactitud el tiempo que pasó—, la mujer entró de nuevo en la sala con otra chica más joven. Era rubia, poquilla cosa, la verdad. Parecía más una alumna de primaria que una aprendiz de médico como averiguaría más adelante.

—Acércate tú, te juro que le he escuchado hablar.

«Ahora verán estas».

Cerré los ojos y esperé a que se acercase lo suficiente.

—Natalia, tía, este hombre está fiambre. Está más frío que tú bajo las bragas. ¿Que te has fumado hoy?

—Te juro que me ha hablado. No se ha movido ni nada, pero tenía los ojos abiertos y me ha dicho que no estaba gordo y que me disculpase.

—Es que no lo está. El tío es un macizorro. Está bueno.

En cuanto acercó la cara a mi nariz —cosa de principiantes, por cierto— para comprobar si respiraba, abrí los ojos y le susurré al oído:

—Sorpresa.

La joven dio un salto hacia atrás y acabó en el suelo. Se levantó a toda prisa y corrió a los brazos de la doctora buenorra.

—¡¿Que te dije?! Este tío está vivo.

—Eso —dije—, no es del todo cierto. Creo que no estoy vivo, pues no siento mi cuerpo. Sin embargo, puedo hablar. Es como si estuviese vivo de cuello para arriba. Lo que sí les pediría es que me confirmaran si lo que cuelga en mi entrepierna también está muerto. Eso si será una catástrofe de dimensiones inigualables.

—Esto es imposible —dijo la doctora guapa— O estás vivo o estás criando malvas. 

—Estás frío como el hielo. Y tus corazón no late ni tus pulmones respiran.

Suspiré profundo antes de continuar con la absurda conversación.

—Todo eso que dicen ustedes es verdad, pero se habrán dado cuenta ya que hablo, y hablo mucho. Ya cuando estaba vivo pecaba de eso, de hablar demasiado. Incluso diría que estoy en esta situación por ese pequeño detalle. Y ya que ustedes dos son doctoras, ¿podrían examinarme a ver qué me pasa?

La doctora guapa se acercó con cautela. Se puso en los oídos el aparato ese que los médicos utilizan para todo y comenzó a escuchar mi corazón.

Comenzó por el pecho, el costado, se traslado a la espalda y miró a su compañera como diciendo: «no se escucha una mierda pero haré el paripé porque estoy más acojonada que un novio joven en la primera visita a sus suegros».

—Nada, ¿no?

Tragó saliva y negó con la cabeza.

Le guiñé un ojo.

—Lo que yo decía, muerto que te cagas. Pero sigo de cháchara.

Otro suspiro, ahora más largo.

—Tal como yo lo veo, suspiro para aparentar, pues ni entra ni sale aire a mis pulmones. Dicho esto, creo que estoy aquí por alguna cuenta pendiente o algo por el estilo. Al menos eso es lo que ocurre siempre en las películas de este estilo. Ya saben. El caso es que debo averiguar cómo y quién me dejó en esta situación. Ahora mismo tengo una idea, pero nada clara. Está claro, y valga la redundancia, de que tiene que ver con el caso de blanqueo en el que estaba envuelto. Y ahora viene lo bueno. ¿Preparadas?

Las dos mujeres se miraron sorprendidas y acongojadas a partes iguales antes de asentir por complacer a un muerto a medias.

—A partir de ahora vais a ser mis ayudantes. 

La doctora joven soltó una risa entre dientes.

—Gracioso, ¿verdad? Pues ya estáis llevándome a casa, tengo que darle de comer a mi perro, Acción. Por cierto, Acción es su nombre. Y para que os pongáis en marcha ¡Ya!

Para todos los demás, mi nombre es Eduard. Y ahora mismo debo marcharme o a saber la que habrá liado Acción solo en el piso.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

27 – Escribe una historia en la que el protagonista es un cadáver que habla, pero no se puede mover.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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