Relatos

Orgasmos que matan

El humo del cigarrillo subió como un globo de helio, despacio, sin pensar en todo lo que dejaba en el fondo de la habitación. Me recosté contra el cabecero de la cama y di una calada tras otra hasta sentirme por fin relajada. Utilicé la otra mano para rascarme la ingle y los bordes de los genitales por un incesante picor que apareció de repente. «Seguro que tiene la culpa», pensé.

Ella me miraba con la cabeza ladeada. Estaba desnuda por completo. Los grandes pechos que tenía fue en lo primero que me fijé cuando la vi en el parque esa mañana. Reposaban a los lados del cuerpo como gelatina en el borde de un plato de cristal. Parpadeaba de vez en cuando, pero no se atrevía a pronunciar palabra alguna.

Su mirada me parecía ahora aterradora, con los párpados hinchados y ese color violeta que habían adoptado. Nada que ver con el brillo que ofrecían horas antes. De vez en cuando una lágrima aparecía y se escurría por las mejillas hasta saltar en la cama y mojar las sábanas blancas, de satén, que seguro compró para una ocasión como esta con alguien especial.

Sentí que desprendía un olor nauseabundo, mezcla a sudor y a la ropa vieja que lleva demasiado tiempo guardada en un armario con más humedad de la que debiera.

Me vino a la cabeza los veranos en casa de la abuela Felisa,  en el pueblo, llenos de tardes inolvidables en compañía de amigos que solo veía una vez al año, sin embargo, eran amigos de los de verdad, de los que le confiarías la vida si fuese necesario. Recordé el olor que se le quedaba a los vestidos que la abuela me obligaba a llevar tras estar todo el invierno colgados en aquellos armarios viejos, de casas viejas, con bolsas de naftalina depositadas en todas las esquinas, aunque ninguna de ellas desprendiese ya olor alguno ni capturasen la humedad del lugar. Es curioso los recuerdos que se tienen en una situación así.

En un momento dado, con el cigarrillo ya consumido entre mis dedos índice y corazón, lo apagué contra uno de los pliegues que se formaban en su barriga. No se quejó. De rabia me abalancé sobre ella y le di la vuelta en la cama. Mordí su cuello, su espalda; la agarré de los brazos y froté mi vagina con fuerza sobre su culo, una y otra vez, con ganas de llegar a un orgasmo que no había conseguido darme en ningún momento. Le di fuertes golpes en la espalda y en la cabeza. Estaba furiosa por sentirme tan insatisfecha. Le hundí la cabeza contra el colchón y esperé hasta que movió una mano de manera compulsiva. Sonreí y la dejé respirar de nuevo. Aún no era su momento.

Le proferí una gran cantidad de insultos, pero ella no parecía escuchar nada. Quizá fuese por culpa de los golpes anteriores, de la sangre hecha plasta que tenía en los oídos, y como un río seco en sus mejillas.

Toda ella me ponía de mal humor.

Me levanté de la cama y salí de la habitación con prisa. Tenía ganas de beber algo. La cocina y el salón comedor era todo una misma estancia. Me pareció muy bonito y moderno. Estaba pintado de blanco, con los muebles blancos y los electrodomésticos del mismo color. La baldosa que cubría la parte donde no había muebles también era blanca. Abrí la nevera y saqué una botella de agua fría. Primero me la apoyé en el costado para intentar acabar con el dolor por la patada que me había dado para defenderse. Lo tenía un poco amoratado. A buen seguro acabaría con una mancha violeta, horrible, que me duraría semanas. Tras un rato de satisfacción por el frío de la botella, la abrí y di un trago largo hasta saciarme. Luego busqué el cuarto de baño.

Primero entré en una habitación donde solo había un escritorio con un ordenador encima y una estantería en la pared de detrás repleta de libros. Debía ser el despacho. Me había dicho que era escritora, que incluso tenía un par de novelas publicadas. Pensé en su sonrisa pícara cuando me dijo que eran eróticas y me excité. Me mordí los labios y salí de la habitación con ganas de todo y de más, pero antes debía vaciar mi vejiga o acabaría por explotar.

El apartamento era pequeño. Además del baño, igual de moderno que el resto de la casa, había un pequeño cuarto donde estaba la lavadora, la secadora y una cesta grande con ropa sucia. Tras vaciarme en el baño entré en ese cuarto y revisé la cesta de la ropa. Encontré unas bragas que desprendían un olor que me volvió loca. Noté que me mojaba. Mis pezones se habían puesto duros. Me toqué uno. Lo apreté entre mis dedos y me humedecí los labios con la punta de la lengua. Salí al salón, estaba muy cachonda.

Miré hacia la puerta de la habitación, cerrada a medias, con un haz de luz que la llenaba de sombras alargadas. Me metí dos dedos dentro y en ese instante apareció un gato. No lo había visto hasta entonces. Se restregaba por una de mis piernas mientras ronroneaba. Eso hizo que me pusiese aún más cachonda. Volví a la habitación dispuesta a follarme de nuevo a esa mujer de cuerpo grande y vagina jugosa.

No encendí la luz de la habitación. Seguía tumbada en la cama, boca abajo, con la cabeza ladeada. No conseguí ver si sus ojos estaban abiertos o cerrados. Me subí sobre ella y abrí su trasero con las manos. Metí la lengua dentro. Luego los dedos. Me froté sobre ella antes de darle la vuelta.

El brillo de un cuchillo entre sus mano se dejó ver entre las sombras como cuando enciendes una luz después de mucho tiempo. Noté como entraba en mi estómago y salía para volver a entrar varias veces más. La sangre salía de mi interior con fuerza.

Creo que por fin conseguí llegar al orgasmo al ver su placentera sonrisa. Eso fue lo último que vi antes de morir.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

15 – Haz que tu cuento acabe con: «Eso fue lo último que vi antes de morir».

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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