Relatos

Rouge G

1

Rouge G.

Javier Hernández mira a su esposa y es en lo único que puede pensar. El maldito Rouge G de Guerlain. El número 28, para ser más exactos; con un acabado luminoso y en un tono llamado Coral Red 3,5 g. Javier piensa en que eso último debe ser el grosor de la barra. No lo había tenido en cuenta hasta ahora.

Rememora el momento en el que se lo regaló. Lo que le costó encontrar algo apropiado para ella. No tenía nada claro si comprarle un pintalabios o no, Sandra es una mujer muy sibarita en ese sentido. Siempre está con eso de que hay un único tono para los labios de una mujer. Y es verdad que sus labios son especiales. Carnosos y de gran belleza. Se enamoró de ellos desde el primer momento.

Aun así, fue uno de los regalos que le hizo por el que, a buen seguro, sería su próximo premio literario. A él le encantó el diseño, con el corazón dibujado en el capuchón. A ella pareció gustarle el tono elegido y le dijo que no dudaría en llevarlo puesto en su honor la noche de la gala.

Su mujer había ido a comprar ropa interior. Aunque Javier le hizo saber su interés por vérsela puesta ella no se la mostró aquella noche.

En la tienda de cosméticos la dependienta le explicó —en un tono más coqueto de lo necesario— que el color de los besos con Rouge G de Guerlain era único. Fácil de reconocer. La chica llevaba en sus labios la misma gama, aunque un tono más atrevido, más acorde con su juventud.

La marca tiene una gran cantidad de tonos de rojo, desde los más intensos a otros algo más suaves o apagados. Luego hay algunos que se desplazan hacia la paleta de los marrones, pero, aun así, siguen dentro de la gama perteneciente a los llamados Rouge G. Es curioso ese mundo.

Rouge G.

Eso es lo último que verá Sandra Mir antes de morir.

Lo verá en su frente, en las mejillas; emborrizando sus labios y parte del cuello al mirarse en el espejo segundos antes. Del mismo modo verá las rojeces que tiene en los hombros, la tira descosida del vestido y la mancha de semen que no consiguió ocultar. Su asesino verá que la punta de la barra de labios se ha estropeado y eso lo pondrá furioso. Le estrellará la cara contra el espejo y la estrangulará hasta que deje de respirar.

Lo hará en un baño público, con la puerta atrancada por un paragüero largo de color oro a juego con la grifería del lugar. Será después del emotivo discurso que dará tras recibir el prestigioso premio por su última novela. Otro más en su haber.

2

En una de las mesas de la primera fila, bien centrada y cerca de la tarima desde donde se han dado los premios de literatura, se encuentra Javier Hernández, el marido de Sandra Mir. Él y su esposa están acompañados en la mesa por Marcos Bermúdez, director de la editorial y por Jon Garay, editor de Sandra y buen amigo de la familia. Jon es el editor de Sandra desde hace más de diez años. Él ha sido el responsable de su vertiginoso ascenso. Un vuelo hasta convertirla en todo un referente de las letras en el mundo entero en muy poco tiempo.

La mesa que les ha tocado no ha sido al azar. Hace tiempo que se filtró el nombre de la ganadora. En este mundo nunca nada es al azar.

La cena servida ha sido espectacular. Los entrantes se sirvieron durante la recepción, mientras los invitados a la gala llegaban. Estaban compuestos por libritos novelados, premios de hojaldre y tartaletras de caviar. Todo muy gracioso. El cava elegido fue un Kripta Gran Reserva 2010, de la bodega Agustí Torrelló Mata. La botella tiene un diseño elegante. Muy bonito.

El resto del menú fue igual de elaborado, aunque perdió la creatividad literaria en los nombres. Fue algo que todos destacaron durante la cena.

Toda la velada ha estado amenizada por una pequeña orquesta de cuerda. Todo muy intelectual, aunque a Javier le ha parecido algo soso. Lleva mucho tiempo con Sandra y ha compartido con ella otras galas de este tipo, pero nunca le ha gustado demasiado toda esa apariencia que envuelve este mundo.

Durante la sobremesa, después de que los camareros sirviesen los licores y el café, Sandra Mir se levanta por segunda vez de la mesa. La primera había sido cuando recogió su premio.

En esta ocasión se disculpa de todos con la excusa de necesitar arreglarse un poco en el cuarto de baño. Coge la barra de labios del pequeño bolso de mano que lleva, a juego con los zapatos de tacón, y le dice a su marido que no lo pierda de vista. Luego le deja una marca de labios en la mejilla. Apenas es apreciable. Sin duda necesita retocarse.

Tras ella se levanta Jon Garay, su editor. Por lo visto necesita estirar las piernas, fumar un cigarrillo y pedir un buen whisky antes de que los echen de ahí.

Mientras Marcos Bermúdez conversa con unos y otros, Javier tiene el bolso de su mujer prisionero bajo una de las manos. Bebe agua. Nunca le gustó el vino y los licores le provocan malestar en el estómago. No va a arriesgarse.

3

La primera en estar de vuelta a la mesa es Sandra. Se estira el vestido y lo plancha con ambas manos. Parece que le cuesta recomponerlo. Javier se da cuenta de ese detalle desde que la ve aparecer de vuelta en la sala. Al acercarse a la mesa se pasa un dedo bajo los ojos para limpiarse las minúsculas gotas de sudor que aparecen en ellos. En la frente le ocurre igual. Lleva el pelo alborotado por detrás, descuidado, y rojeces en ambos hombros.

Tras ella aparece Jon. Tiene una mano metida en el bolsillo, mientras con la otra intenta arreglarse la camisa. La lleva por fuera del pantalón. Tiene la barbilla roja y los ojos repletos de pequeños vasos sanguíneos que parecen culebras hambrientas.

Se sienta a la mesa con desdén y se sirve Sheridan’s en la misma copa que había utilizado para el agua. No le ha importado que todavía quedase líquido en el fondo. Se lo bebe de un trago y repite la operación tras coger una larga bocanada de aire y toser después.

Sandra mira a los ojos a Javier. La mujer tiene el rostro serio y los labios, a pesar de la magia e intensidad que les da la barra Rouge G, hundidos dentro de la cara.

Javier la mira del mismo modo. Lo único que le dice es que tiene arañazos en los hombros, una tira del vestido mal puesta y que debería haberse limpiado mejor la mancha del vestido.

La joven dependienta tenía toda la razón en lo de que era fácil de reconocer el pintalabios.

A Javier no le ha costado reconocerlo en un lateral del cuello de Jon, en su camisa o junto a la bragueta del pantalón beige que lleva puesto.

Es la tercera y última vez que Sandra Mir se levanta de la mesa.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

11 – Escribe un relato que pase de un flashback a un flashforward y haz que el enlace tenga sentido.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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