Relatos

Sin cobertura

El día que me convertí en un asqueroso insecto macho de seis patas, con ojos desviados hacia el suelo y unas desproporcionadas antenas no fue un día anormal.

No.

No se puso el cielo rojo ni las nubes giraban como remolinos malignos. Tampoco se abrió el suelo para que el infierno ascendiera hasta la tierra de los mortales.

Fue todo lo contrario.

Hacía un día bonito y con olor a primavera. Las flores ya mostraban su radiante color desde primera hora de la mañana. Los pájaros cantaban, al igual que lo hacían otros días; el panadero había abierto su tienda como todas las mañanas; los periódicos esperaban enrollados en la verja metálica de la papelería de doña Ana Luisa; los estudiantes esperaban que pasase el autobús. Vamos, todo de lo más normal.

O eso creo.

A pesar de todo ello, nada fue normal en ningún momento. Todo fue extraño desde por la mañana.

Cuando me desperté no encontraba mis zapatillas. Busqué debajo de la cama, en el zapatero de detrás de mi escritorio, en el cuarto de los enseres de limpieza y nada, no estaban por ningún sitio. Quizá penséis que aquello era una estupidez. Perder las zapatillas de estar por casa, ¡qué barbaridad!

Pero para alguien como yo, acostumbrado a tenerlo todo en perfecto orden dentro de mi desorden, aquello carecía de sentido.

Cuando me di por vencido por lo de las zapatillas me di cuenta de que podía escuchar a mis vecinos. Sé que las casas de hoy día las hacen de papel de fumar, y papel del barato, nada de doble hoja secada en interior y sobre cordel de cuero ni chorradas por el estilo. Al principio pensé en los porros que nos fumamos la noche anterior en la fiesta de carnaval. Aquello había sido muy fuerte: mucha mierda para tan poco cuerpo. Pero al momento me di cuenta de que mis sentimientos eran reales. Ya lo creo que lo eran.

Vanessa, la vecina rubia de las tetas operadas y el hoyuelo en las mejillas, le recriminaba a su novio feo que había llegado tarde porque se encontró la puerta del vecino llena de insectos enormes vueltos del revés. Resulta que la tipa se había entretenido en darles la vuelta a todos. Le dijo al novio que se trataba de un tema de empatía e historias por el estilo. ¡Menuda trola le acababa de soltar!

Yo la vi en la fiesta de disfraces. Iba vestida con un traje de colegiala y dos coletas a los lados. La tía iba pidiendo guerra. Seguro que encontró a alguien que se la dio. Y, además —puede que esto lo haya soñado—, juraría que tuve algo con ella. Aunque en el estado en que me he levantado quizá esto no fuese real, pero tengo la sensación de que esa mujer me sobó de lo lindo en el rellano de casa.

Pero a lo que íbamos. Resulta que ahora puedo escucharlos discutir como si estuvieran metidos en mi habitación. O yo en la suya. Es más, puedo escuchar más cosas lejanas, de la calle. Escucho los motores de los coches, enfurecidos por la lentitud de la ciudad. Escucho el chirriar de las ruedas contra el asfalto y el bullicio que provoca la gente al caminar. Nunca, hasta ese momento, me había percatado del espantoso ruido que hace la gente cuando camina. Es muy molesto, más cuando pretendes hacerte un desayuno y largarte a ver a los colegas. Necesito saber si llegaron de la fiesta tan hechos mierda como yo.

Y ahí estaba el segundo problema: el desayuno. ¿Dónde estaba?

Por más que lo intentaba no era capaz de encontrar la nevera. Y tampoco podía encontrar los muebles donde guardaba las galletas de chocolate. Mis ojos solo eran capaces de divisar el insulso suelo gris del piso.

La culpa de todo esto la tiene mi amigo Jonás. Le dije que las antenas que le había hecho a los disfraces eran demasiado largas y de mala calidad. Las había fabricado con alambre grueso y papel de aluminio. Cuando las vi por primera vez, montadas sobre el casco de obra azul que había cogido del almacén de su padre, supe que aquello nos iba a dar problemas. Todo el mundo sabe que el aluminio es un material de alta conductividad, y en caso de que el mundo se fuera a la mierda aquello nos traería problemas serios.

Y así fue.

En un momento dado, tras un respiro de varios minutos en los que me apoyé contra la pared porque creí que iba a desmayarme de hambre, mis antenas comenzaron a moverse de una manera extraña. Vibraban y hacían un ruido muy desagradable. Como eran tan largas la punta daba golpes contra la pared y me provocaban un mareo de dimensiones catastróficas. Desde ese momento las conversaciones de mis vecinos se mezclaron con el ruido de la calle. Podía escuchar el paso ligero de los niños que vivían en el tercero y que siempre bajaban la escalera a toda pastilla. Iba a volverme loco. Loco por completo.

Todas las sensaciones se entremezclaron para dejarme en un estado de confusión mayor que el producido por cualquier cogorza. Corría hacia un lado y hacia otro. Me agarraba a las paredes, gritaba, saltaba y me retorcía en las esquinas de mi casa.

Hasta que me di cuenta, cuenta de todo.

Al fin y al cabo, la vida que me había tocado vivir en ese momento no era muy diferente de la que llevaba hasta entonces. Iba todo el día colocado, con la cabeza gacha y la mirada en el suelo. Me sabía el color de todos los paseos que frecuentaba, las manchas que tenía la cerámica de mi piso, el estrés que me causaba el querer saber y sentir más de lo que me correspondía. La ansiedad que me producía estar en un sitio donde no tenía cobertura para mi teléfono móvil.

Sentí cierta paz al comprender esto. Al fin y al cabo, a lo peor que me podía enfrentar ahora era a un pisotón que me convirtiese en una mancha más del suelo. Ni siquiera en ese caso me enteraría de nada.

Haberme convertido en un asqueroso insecto de seis patas, ojos que apuntaban al suelo y antenas enormes no modificaban mucho mi vida.

—¿Nos liamos otro?

—Dale.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

8 – Tus protagonistas estaban en una fiesta de Carnaval y de pronto se han convertido en sus disfraces. ¡A ver esa originalidad!

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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