Relatos

Todo cuanto sé de la muerte

Sabía que debía esperar, pues los miembros de aquella mujer aún tendrían la rigidez del rigor mortis. Puso la Sinfonía número 5 de Ludwig van Beethoven a sonar en el tocadiscos y se sirvió una copa de vino tinto. Aquella música siempre le pareció magnífica, ideal para las esperas, para esos momentos de soledad.

Pigmalión Savva adoraba la música clásica a la hora de trabajar. Y el buen vino. Desde que heredó la funeraria de su padre, y este de su abuelo, el chipriota de Pafos había adoptado un estable método de trabajo que no estaba dispuesto a abandonar por nada ni nadie. A menudo se recordaba sentado en las escaleras que daban al sótano de su casa, donde el abuelo preparaba para el viaje a aquellos cuerpos inertes y tristes. Sin alma. Vacíos. Siempre supo que su destino le llevaría a ocupar ese puesto en el negocio familiar algún día.

Durante el cuarto movimiento de la obra de Beethoven, el ruido producido por un reloj de pared con forma redondeada y un cielo estrellado por fondo hizo que se sobresaltase. Pigmalión se puso en pie, se estiró con las manos los bajos de la americana oscura que llevaba puesta y se acercó a la camilla donde reposaba la mujer.

Lo primero que comprobó fue la rigidez del cuerpo: aún tenía ciertas partes tensas, pero bastaba un leve movimiento para devolverles la elasticidad perdida en esas primeras horas.

Había llegado el momento de comenzar.

Tras retirar la sábana blanca que cubría a la mujer, Pigmalión le acarició el cuerpo, desde la frente hasta los pies. Sintió el frío que se había apoderado de toda la piel. Se dio cuenta de que apenas tenía vello en los brazos. Tampoco en las piernas o en el pubis. Sin embargo, bajo las axilas comenzaba a aparecer una puntiaguda capa, muy molesta al tacto con sus dedos. Llenó un barreño de agua templada y con cuidado rasuró esa parte del cuerpo de la joven, ayudado por una navaja de afeitar de cuchilla fija y una pastilla de jabón de canela y jengibre.

Una vez hubo terminado con esa tarea, el hombre cambió el agua del barreño.

Con una esponja suave la lavó. Primero le limpió la cara, el pecho, los brazos y piernas para, una vez terminado, limpiarle las partes más íntimas. En cuanto dio por finalizada esta parte de su cometido, se secó las manos con cuidado y cambió el disco, pues hacía rato que la aguja terminó de girar sobre el disco de plástico y había regresado a su sitio original.

En esta ocasión puso un disco de jazz, donde un saxofón soltaba notas y a las que acompañaban un piano y un contrabajo. Con esa melodía cogió la toalla y secó el cuerpo de la mujer. Lo hizo con sumo cuidado, con un elegante masaje que apenas rozaba la piel muerta. Cuando se percató de que el cuerpo estaba seco, Pigmalión lo frotó con un aceite de aroma a vainilla y de color oscuro que le otorgó a la piel una viveza especial.

La mujer reposaba sobre una camilla rígida y metálica, con patas firmes y de color gris. Él la observaba con la tristeza de las primeras veces, con ese sabor agrio entre bajo la lengua y entre los dientes.

De un armario cercano sacó un traje que ya tenía preparado; lo dejó sobre un sofá de piel, negro, y se acercó hasta la camilla con un camisón en las manos de satén blanco.

Apenas sintió que el cuerpo de la mujer le ofreciera algún tipo de resistencia mientras le colocaba la ropa. Era enclenque, de miembros flacos y corta estatura. De pechos menudos, pero recordaba que tenía una mirada como no había visto nunca. Fuerte. Decidida.

Nunca le gustó abusar del maquillaje. Las mujeres que iban pintadas como cuadros no le parecían atractivas. Todo lo contrario, sentía que la vulgaridad se apoderaba de ellas y las convertía en algo que quizá no eran. O puede que sí.

Y a Rosa, la mujer menuda con nombre de flor, apenas le rozó los labios con una barra de un tono rosado y algo de sombra que ocultara la palidez de las mejillas.

Sentada a la mesa y con el plato frente a ella, la mujer se veía con una belleza inclasificable, entre una puesta de sol al borde mismo de un acantilado y un día nublado tiñendo de gri un jardín en primavera.

Pigmalión sorbía la sopa con lentitud. A su lado.

—Apenas has comido nada. ¿No te encuentras bien?

Se acercó a la mujer y le besó la mejilla. La cogió en brazos y se la llevó a la habitación. Le quitó toda la ropa y la metió entre las sábanas. Él hizo lo propio y se acostó a su lado.

—Mañana tendré que arreglar estas marcas del cuello, casi pueden verse mis huellas. Quedarás perfecta, amor.

Le besó los labios con suavidad y le deseó buenas noches antes de apagar la luz.

Esta vez sí sentía que iba a ser un amor para siempre. Para toda la vida y hasta la muerte.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

5 – Inventa un cuento basado en alguna de las metamorfosis de Ovidio.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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