Relatos

Tolón

Desde primera hora de la mañana, con el amanecer aún en el lejano horizonte y las ganas por aparecer, Tolón, el buey más fuerte entre todos los fuertes del lugar, arrastraba su tesón y determinación por la granja del señor Antolón.

Siempre se levantó temprano. Tolón nunca fue holgazán, ni intentó escabullirse de ningún trabajo por duro que pudiese parecer. Si el señor Antolón necesitaba arar, su buey se colocaba el primero. Si tenía que mover el molino, Tolón allí que iba. Además, le encantaba el olor a tierra mojada y las caricias en su mullido cuerpo de la hierba húmeda del lugar a primera hora de la mañana.

Pero estaba mayor.

Ya no tenía mucho que hacer, y lo poco que le quedaba, a duras penas lo conseguía realizar. A pesar de todo el tesón.

En la granja todo el mundo lo quería y respetaba —eran muchos años entre ellos—, y sabían que Tolón siempre había sido amable con todos.

Sin embargo, el gallo Pelón, de cante fuerte y puntualidad suiza, escuchó un día al señor Antolón hablar más de la cuenta. Desde entonces no le salían las cuentas al tenor.

—Verás que no me equivoqué al escuchar —les decía a los demás.

Pero a Tolón siempre le pareció que Pelón hablaba de más. Y habló de más, más que más con cada una de las gallinas del corral.

Sulón, gallina joven de temperamento fuerte y muchos huevos a sus espaldas, entre puesta y puesta se dejaba gustar y le gustaba pasear. En cuanto vio al buey dar la espalda al gallito del corral se acercó a ver.

—¿Ya estamos otra vez? —preguntó tirante.

El gallo alzó la cresta y dejó de cacarear. Se dio media vuelta y se escabulló entre las demás gallinas que paseaban por el lugar.

—¿Qué te ha dicho, Tolón? ¿Te ha ofendido?

—No te preocupes, es más de lo de siempre.

Y a aquella pregunta le siguieron muchas otras, pues el único modo que tenía Sulón de hablar era mediante preguntas. «¿Qué otra manera hay de saber?», le pareció escuchar del pico de la gallina temperamental.

Tanto trajín de buena mañana le dio cansancio a Tolón. Apartado del lugar, sobre la hierba verde del prado que rodeaba la granja, el viejo buey se dispuso a descansar, pero un enjambre de moscas revoloteaba sin parar.

El viejo Tolón movía la cabeza a un lado y hacia el otro, pero era más por costumbre que por convicción, pues sabía que la lluvia de los últimos días llenó de charcos todo cuanto se podía enfangar.

Al verlo padecer, Colón, el perro pastor del señor Antolón se acercó a ver. A ver y a saber, pues sabido es que perro sabedor vale por dos.

—Hola Tolón. Me ha contado lo tuyo el gallo Pelón.

El buey movió la cabeza para afirmar. Luego miró al perro y se dejó observar.

—¿Quieres acompañarme a pasear el rebaño?

¿Qué otra cosa podía hacer? Cansado de no hacer nada y, cansado de las cansinas moscas que revoloteaban el lugar, Tolón se levantó y se dispuso a perseguir al perro Colón que, a su vez, perseguía sin parar a un rebaño de ovejas que no paraban de balar.

—Hola Tolón —baló una de ellas.

La oveja joven, pero joven de verdad, con un cascabel al cuello por si se olvidaba de dejar de correr y llegaba hasta las afueras del lugar se había acercado al viejo buey dispuesta a conversar.

—He escuchado que se te van a…

—¡Zulón! —gritó la madre e interrumpió la cháchara de su pequeño.

Había llegado hasta ellos a trompicones, abriéndose paso entre los demás.

—Tienes que aprender a callar. —De varios empujones apartó al joven y comenzó de nuevo a hablar—. Perdona, Tolón. Ya sabes cómo son estos pequeñajos. No conocen los filtros.

Y bien que lo sabía el buey, pues no siempre fue viejo. Se apartó del rebaño aprovechando la falta de atención y regresó a la soledad del prado, alejado de los demás bichos que no paraban de atosigar.

A pesar de ello, y por mucho que Tolón intentase la evasión, los pensamientos lo atormentaban. Sabía bien que buey que no sirve de nada, de nada sirve ya. Y que tener a un viejo grande que solo come y se tumba sobre la hierba fresca no produce beneficio alguno ni beneficia a ninguno.

Y con esa tristeza se durmió.

El sol del mediodía apretaba de lo lindo. Con un mal presentimiento en la cabeza Tolón se despertó inquieto. A lo lejos, una figura difusa se acercaba con el paso decidido hasta donde reposaba el buey. Pero no fue hasta tenerlo encima que se percató de lo que ocurría.

—Vamos, viejo amigo, ha llegado el momento.

El señor Antolón había llegado con vara en mano y ciento ladrando. Agarró la soga que el buey llevaba al cuello y lo obligó a levantarse.

—Te has vuelto perezoso, Tolón.

No era verdad. Nunca había sido un buey perezoso, pero la vida pasa para todos, y a todos no pasa la vida. Tolón resopló con fuerza y se dejó arrastrar hasta el establo. Antolón cerró la puerta tras entrar y nada más se oyó en el interior.

 

Otras mañanas llegaron al lugar. Otros gallos, otras gallinas; llegaron más perros, más ovejas que cuidar, pero sobre el viejo Tolón nadie se molestó en preguntar.

Sabido es por todos, desde siempre, que, si antes no te mueres, lo que de joven diste, ya de viejo lo perdiste. Y que la basura esta llena de cosas inservibles que por viejas se desechan.

Relato para el reto: 52 retos de escritura para 2021 (#52RetosLiterup)

7 – ¡Feliz Año Nuevo chino! Esta semana escribe un relato protagonizado por un buey.

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021/

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